¿Sobrevive la conciencia ‘más allá’ del espacio y el tiempo? (y 7). La teoría de Van Lommel sobre la conciencia ilocalizable

 

 

CONCIENCIA ILOCALIZABLE: TRANSFERENCIA DE INFORMACIÓN MEDIANTE CORRELACIÓN CUÁNTICA DE ESPÍN EN EL CEREBRO

 

Aunque ya se hizo una reseña anterior, más bien superficial, sobre el posicionamiento de Van Lommel acerca del posible papel que podría desempeñar la conciencia “más allá de la vida” vamos a detenernos con algo más de profundidad en la teoría que según el holandés mejor se ajustaría al origen (y final) de esa conciencia, expuesta en su libro Consciencia, más allá de la vida. La mayor parte de lo que sigue es, por definición, árido, a veces tremendamente complejo, puede sonar a “tochazo” y requiere tener algunas nociones de física teórica. Pero me ha parecido fundamental describirlo para entender el que podría ser presumible papel de la conciencia al margen del materialismo dominante.

Según Van Lommel “la conciencia completa e infinita con recuerdos accesibles tiene sus orígenes en el espacio no local, en forma de funciones de onda indestructibles y no observables. Estas funciones de onda, que almacenan todos los aspectos de la conciencia en forma de información, siempre están presentes en el cuerpo y a su alrededor (de manera no local). El cerebro y el corazón funcionan simplemente como una estación de transmisiones que recibe parte de la conciencia global. Los campos electromagnéticos del cerebro no son la causa, sino más bien el efecto o la consecuencia de la conciencia infinita”.

De este modo, la analogía de Van Lommel consistiría en que nuestro cerebro sería como un aparato de TV que recibe información y la descodifica en imagen y sonido. El cerebro no produciría sino que facilitaría la conciencia. Dice el holandés que la molécula opiode DMT (dimetiltriptamina), que se encuentra de forma natural en nuestro cuerpo (en la glándula pineal), sería parte fundamental de ese proceso actuando a modo de “intermediaria”.

La observación de estos estados sería, en palabras de Van Lommel, imposible en un espacio no local, donde dicho espacio y tiempo serían irrelevantes. De tal modo que el efecto físico de nuestra conciencia en vigilia es observable y demostrable mediante técnicas de neuroimagen EEG, MEG, IRMF y PET, mientras que la conciencia en el espacio no local no es directamente observable, ni por tanto demostrable, por motivos teóricos (cuánticos)”. En definitiva, para Van Lommel la conciencia es no local, esto es, se encuentra en el espacio no local y está intrínsecamente entrelazada con toda información potencial almacenada en funciones de onda. La conciencia precipita el colapso de la función de onda, resultando en la fuente de la conciencia en vigilia.

Van Lommel apuesta, en los complejos procesos que llevan a la conciencia no local, por una teoría que llama Transferencia de información mediante la correlación cuántica de espín en el cerebro. Un nombre largo con el que casi acabas exhausto nada más terminar de citarlo…¿Y qué demonios significa todo esto? Van Lommel ya señala antes de desarrollar esta teoría, y otras dos que le preceden y que no comparte, que puedes pasar por alto si te resulta farragoso ahondar entre tanto “tecnicismo” científico. Pero uno no está por la labor y vale la pena entrar en ello para comprender que este discurso de Van Lommel sobre la conciencia es de todo menos cháchara mistérica aliñada con ciencia. Veamos:

“El espín, dice Van Lommel, es una propiedad fundamental de la naturaleza, afín a la carga eléctrica o a la masa. Las partículas más pequeñas como protones, neutrones y electrones, tienen un espín que es positivo o negativo y que siempre es múltiplo de ½. El de las partículas desaparejadas es de ½. Este espín nuclear desaparejado desempeña un papel fundamental en las técnicas de imagen por RM (resonancia magnética).  Un espín positivo y otro negativo hacen desaparecer la manifestación visible del propio espín. Los núcleos de todas las moléculas de nuestro cuerpo, incluyendo las neuronas y sus membranas celulares, consisten en una determinada cantidad de protones y neutrones normalmente con espín neutralizado.

En la transferencia de información mediante la correlación cuántica de espín (resonancia nuclear de espín) la función cerebral global puede compararse a un holograma cuántico y el cerebro a una unidad de procesamiento cuántico vinculado en paralelo y capaz de descodificar la información que le llega de forma no local. La resonancia nuclear de espín es el principio subyacente a la imagen por resonancia magnética (IRM) para la que hay un intercambio de información no local basado en la coherencia de la relación de fase de las funciones de onda”.

“La transferencia de información recíproca entre la conciencia no local del espacio no local y del cerebro (la inferfaz) puede basarse asimismo en la coherencia cuántica del espín establecida bajo el influjo de los fotones (virtuales). La única explicación para esta transferencia de información es el hecho de que el cerebro sea capaz de llevar a cabo una transformada de Fourier (TdF)”, es decir, una operación matemática que es utilizada para convertir un sistema lineal (tiempo) en funciones de onda o frecuencias y viceversa. La TdF fue una teoría desarrollada en el siglo XIX por el matemático francés Joseph Fourier.

Este análisis o transformación, resalta Van Lommel, se aplica frecuentemente a la armonía musical, a la previsión de las mareas, al procesamiento de señales digitales y al análisis de sistemas. En la mecáncia cuántica, la TdF se aplica también a las ondas de probabilidad de Schrödinger. Tenemos pruebas, asegura Van Lommel, de la capacidad del cerebro para ejecutar una TdF porque dicha transformada forma parte de la base del efecto de la resonancia nuclear de espín durante un escáner cerebral de IRM”

Ahora llega la cuestión mollar de la dichosa TdF ¿cuál es su efecto real sobre el cerebro? Van Lommel establece una analogía que, entiendo, es muy acertada: una TdF se correspondería del mismo modo a cuando un ejecutante de una orquesta lee la música en una partitura y puede decir a qué sonido corresponde una nota (frecuencia). El músico es capaz de realizar dicha tarea porque su cerebro es capaz de llevar a cabo dicha transformación. En el mismo principio se basa el proceso de una imagen por RM de un escáner.

Van Lommel se apoya en experimentos realizados (publicados en las prestigiosas revistas oficialistas Nature y Science) donde se probó la transferencia de información entre la materia y la luz a través de un espín de electrón y una resonancia nuclear de spín sobre la base del entrelazamiento cuántico no local. Esta forma de transferencia de información entre luz y materia, dice Van Lommel, es comparable a la transferencia de información recíproca entre la conciencia y el cerebro mediante el modelo de la correlación nuclear de espín o la coherencia nuclear de espín.

En definitiva, Van Lommel, en base a todo el complejo (y, seguramente para muchos, incomprensible) argumentario anterior señala que Dada la contundencia de los estudios sobre ECM (experiencias cercanas a la muerte) y los datos recientes de investigación neurofisiológica más los métodos llevados a cabo en el marco de la física cuántica, creo firmemente que la conciencia no puede localizarse en ningún lugar en particular, ni siquiera en el cerebro. Se trata de una conciencia no local (es decir, está en todas partes) en forma de ondas de probabilidad. Por esta razón (y aquí algunos deslegitimarán la hipótesis de Van Lommel) dicha conciencia no local no puede ser demostrada ni medida en un mundo físico (al cual pertenecemos, huelga decir).

La conciencia no local, prosigue Van Lommel, existe, independientemente del cuerpo, como una continuidad de la conciencia que está intrínsecamente conectada o entrelazada con el espacio no local, no necesariamente idéntica a él. La esencia o fundamento de la (proto) conciencia descansa seguramente en el vacío o pleno del universo, desde donde tiene una conexión no local con la conciencia en el espacio no local (panprotopsiquismo). La hipótesis consistiría en que el vacío sería la fuente tanto del mundo físico como de la conciencia. Todo es una forma de espacio y la conciencia (tanto la mía como la suya) englobaría todo el espacio ya que cada parte de infinito es el infinito en sí mismo (no localidad).

Como ya estoy en modo vértigo y puedo llegar al colapso…voy terminando con Van Lommel entrando en otro capítulo científico ciertamente interesante, pero en el que no voy a profundizar por razones evidentes (sería ya transcribir el libro del holandés): se trata del papel que podría desempeñar la genética del ADN en la conciencia. Van Lommel formula una hipótesis de la conciencia que podría estar incardinada en el ADN, en concreto, en el llamado “ADN basura” o funcional, es decir, una parte importante del genoma humano (se habla de tres cuartas partes o más) estaría formado por nucleótidos ilegibles o de poca utilidad en la codificación de proteínas en nuestro cuerpo.

De este modo, Van Lommel, sentencia que “La conciencia no local es infinita, del mismo modo que cada parte de la conciencia es infinita. Pero nuestro cuerpo no es, lógicamente, infinito porque cada día se destruyen y regeneran miles de millones de células. Es posible que el ADN sea clave en el intercambio de información en permanente flujo que se da entre el cuerpo y la conciencia no local. Dado que el ADN desempeña un papel esencial en la formación y función de todas las células, neuronas incluidas, asímismo constituye la base de los campos electromagnéticos, en continua transformación”.

 

EPÍLOGO A LA CONCIENCIA NO LOCAL

 

Al final de su libro, Van Lommel, ahonda en las grandes preguntas filosóficas de la conciencia infinita para volver a lo que debería haber sido el inicio de su planteamiento, preguntándose ¿Qué es la conciencia? ¿Qué es lo que da forma a nuestra conciencia y qué determina como experimentamos esa conciencia?. La conciencia es un término estrictamente indefinible, en sus palabras. Pero si hay algo que no admite discusión para Van Lommel es que la conciencia es subjetiva y no verificable de un modo científico. El origen de la conciencia siempre será un misterio incognoscible ya que no es visible ni tangible, perceptible, mensurable o verificable.

Y, sin embargo, la conciencia, señala Van Lommel, es lo que emplea todo ser vivo para dar forma y sentido a la vida. Sin conciencia no hay vida. La conciencia es omnímoda; la realidad tal y como la experimentamos sólo existe en nuestra conciencia. No podemos percibir nada si no es a través de nuestra conciencia. El mundo que nos rodea lo percibimos mediante nuestros sentidos como creación activa de nuestra conciencia, de tal modo que todo lo existente que observamos sólo es posible a través de aquella. Fuera de la conciencia sólo hay realidades incognoscibles.

Resumiendo esta casi indescifrable y enredable tesis sobre la conciencia, en palabras de Van Lommel: nuestra conciencia estaría intrínsecamente vinculada al espacio no local o espacio vacío, el cual sería la fuente tanto del mundo físico como de la conciencia. Por otra parte, la conciencia no local sería el origen tanto de la conciencia en vigilia como de otros aspectos de la conciencia. Tan infinita es la conciencia como lo es parte de ella. Matizando Van Lommel que esta noción de conciencia no local no pretende explicar el origen de la conciencia sino hacer una mera descripción de las diversas experiencias de conciencia (entre otras, las ECM). Experiencias que muchos han trasladado al campo de las creencias religiosas tergiversando lo que debería ser un esquema de la conciencia libre de ataduras simbólico-supersticiosas.

Después de haber intentado compendiar al máximo los postulados de Van Lommel se puede decir de todo menos que el cardiólogo holandés es un nuevo gurú de la New-age o un trasnochado neoespiritualista que alegremente “mezcla ciencia con religión”, es decir, según la terminología “escéptica”, sería pseudociencia, como alguno de sus dogmáticos detractores afirman. Discutible todo es en esta vida y las hipótesis que formula Van Lommel son sólo eso…..incertidumbres no comprobables donde este científico ha puesto a su servicio todas las herramientas epistemológicas posibles. Tiene un convencimiento basado no en creencias místicas sino en probabilidades estadísticas sobre la base de hechos incluso comprobados en laboratorio.

Para abordar el problema de la conciencia Van Lommel echa mano del monismo neutro (formulado originariamente por el filósofo Spinoza) que implica que ni todo es material, ni todo es mental, sino materia neutra. Y ese sería el punto de partida de su tesis. Si los físicos teóricos aplican “correcciones cuánticas” para determinar si hubo o no un origen del universo ¿cuál es el problema para no admitir que Van Lommel pueda utilizar la física cuántica para determinar el origen de la conciencia?

Pues, parece ser, que como Van Lommel no es físico, ni neurólogo, sino cardiólogo, no está autorizado, según sus críticos, a formular hipótesis sobre la conciencia o sobre física cuántica puesto que esto queda reservado al experto de turno ya que Van Lommel está incurriendo en  errores de orden metodológico y dando paso a la superstición. Lo mismo le sucede a otros científicos que se han atrevido a postular lo mismo o parecido desde ámbitos alejados de la neurociencia (Roger Penrose, matemático; Stuart Hameroff, anestesista; Dean Radin, físico) e incluso cercanos o integrantes de ella (Raymond Moody y Stanislav Grof, psiquiatras o Peter Fenwick y Kenneth Ring, neurocientíficos). Los cimientos del dogma no pueden ser objeto de controversia, sobre todo cuando circula dinero contante y sonante para apoyar los viejos prejuicios cientifistas.

Cuando hablamos de conciencia, y ya es mi opinión personal, se podría hablar de que existe, aquí y ahora, una conciencia “libre”, sin ataduras o anclajes mistéricos, cuyo denominador común sería (al margen del monismo neutro de Van Lommel) una especie de determinismo también neutral, más el necesario azar, como fuerzas creadoras de vida en este y en otros (posibles) infinitos universos. Nada habría sido prefijado o pre-determinado en la configuración del universo a la manera de un “creador omniscente” pero sí habría existido siempre un proceso generador de vida que aparecería al azar en cualquier punto del espacio y el tiempo. El elemento azar se explicaría, en el caso del planeta Tierra, del siguiente modo que señaló el químico francés François Jacob: “la vida (aquí en la Tierra) está marcada por el sello de la contingencia; apareció pero pudo no haber existido jamás”, o bien pudo haber existido en cualquier otra parte del universo, bajo otros condicionantes y formas completamente diferentes a las de la Tierra.

Lo que parece radicalmente imposible es que “no exista” vida en el Universo (o multiversos) o, como dice Robert Lanza, el Cosmos estaría (auto) ajustado para que existiera vida en él. ¿Implica ello que existan otras civilizaciones parecida a la nuestra? No necesariamente…pero es que ni se sabe ni tampoco es probable que se sepa jamás debido a dos razones: en primer lugar, debido a las considerables distancias interestelares, y ya no digamos intergalácticas, y, en segundo lugar, porque este planeta nuestro tiene fecha de caducidad (por causas endógenas y exógenas).

Planetas se han descubierto orbitando en prácticamente todas las estrellas cercanas exploradas hasta ahora (poco más de un centenar) por lo que se podría deducir que si nuestra galaxia consta de miles de millones de estrellas…hagan un cálculo y ampliénlo a los centenares de miles de millones de galaxias observables o a las enigmáticas materia y energía oscuras, que podrían albergar alguna forma de vida desconocida…¿Es posible que solo haya un planeta con vida inteligente en todo el Cosmos? Hasta ahora…sí. Probablemente, se necesitarían miles o tal vez millones de años para saber, a ciencia cierta (no con estimaciones indirectas basadas en cálculo de probabilidades o en instrumentos observacionales) si hay vida en planetas tan sólo en nuestra Galaxia Vía Láctea.

​Estamos, además de en un universo que supera toda comprensión posible, ante una realidad fascinante como es el hecho de indagar en la propia conciencia “más allá de la muerte”. Tanto que incluso investigadores de la Universidad de Nueva York, dirigidos por Sam Parnia, han afirmado que la mente sigue siendo consciente de lo que está sucediendo a su alrededor, incluso cuando el cuerpo ha dejado de mostrar signos de vida. Teóricamente, esto significa que podremos escuchar nuestra hora de la muerte anunciada por los médicos. Cabe señalar que, en 2013, investigadores de la Universidad de Michigan descubrieron que los animales experimentaban un aumento en la actividad cerebral en los minutos posteriores a la muerte. Inquietante, aunque todo esto sería explicable, para los materialistas cartesianos, como parte de un orden físico complejo de nuestro cerebro actuando como un mecanismo de autoprotección final.

No obstante, aplicando coherentemente datos y experiencias y relacionándolos con la investigación anterior tendríamos una traslación exacta de lo que ocurre con las ECM, donde la conciencia ampliada entra en juego cuando algunas personas (no todas, como ya se ha dicho) en situación de muerte clínica relatan haber escuchado conversaciones del personal médico, han tenido encuentros con familiares fallecidos o descrito con precisión objetos en quirófano, en la calle o en una habitación, aunque los cientifistas siguen negando la mayor. Ahora bien, en las ECM, el paciente resucitado cardiopulmonarmente vuelve a la vida y puede contarlo. Entonces ¿cabría suponer que, en el instante previo a la  “muerte definitiva”, podrás escuchar y ver “por última vez” lo mismo que muchos describen en una ECM? No, y menos para afirmarlo categóricamente, porque estadísticamente sólo un 18-20% de personas en estados clínicos de “pre-muerte” experimentan ECM (dejando al margen los que, presuntamente, prefieren eludir su experiencia).

Queda a la imaginación o creencia (basada en las “certezas” anteriores) de cada cual si una vez certificado definitivamente el fín del cuerpo físico nuestra conciencia comienza un viaje desconocido hacia el infinito. Lo que es cierta es una cosa: nada se sabe y…se sabrá.

 

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