Categoría: El problema de la Conciencia

Herejes en la ciencia (y 3): Roger Penrose-Stuart Hameroff, física cuántica aplicada a la conciencia

 

 

Ya se habló en la anterior entrada de que el “problema” de cómo «la conciencia inmaterial» emerge de la «materia cerebral» no puede ser resuelto por la ciencia ya que ésta se ocupa de procesos físicos materiales y éstos no pueden tener “conciencia” subjetiva. Van Lommel lo deja bien claro A pesar de proporcionar pruebas para el papel de las redes neuronales como un intermediario para la manifestación de los pensamientos (correlatos neuronales), los estudios de neuroimagen no implican necesariamente que esas células también produzcan los pensamientos. ¿Cómo nuestro cerebro puede “producir” la conciencia, si sólo está compuesto de átomos y moléculas en unas células con una gran cantidad de procesos químicos y eléctricos?

A pesar de que Van Lommel afirma que para entender el problema de la conciencia en las ECM’s tenemos que salir del marco científico materialista actual, Stuart Hameroff (Profesor emérito en la Universidad de Arizona) y el renombrado Roger Penrose (matemático de la Universidad de Oxford) proponen no salirse del todo de él integrando de alguna forma la conciencia y la física cuántica. Para entender qué es la física cuántica de forma simple respecto de la física clásica valga el siguiente ejemplo: en la física clásica se pueden predecir tanto las posiciones como las velocidades de los objetos, mientras que en la física cúantica no se puede predecir ni lo uno ni lo otro en el área que se ocupa, el estudio de las partículas subatómicas, ya que es el observador quién determina el comportamiento de las mismas.

Ampliando el anterior ejemplo, en física cuántica, siguiendo a Hameroff, la explicación de los fenómenos físicos a nivel de partículas elementales parecen….(y son) inexplicables Por ejemplo las partículas pueden estar en dos lugares o estados al mismo tiempo. Pueden no sólo estar aquí o allá, sino que pueden estar aquí y allá simultáneamente. Eso es lo que se llama en física cuántica superposición; las cosas pueden estar en lugares múltiples o actuar como ondas, difundidas como probabilidades más que ser partículas definidas con ubicaciones o trayectorias. Algunos físicos cuánticos dicen que cuando un sistema cuántico no es conscientemente observado o medido permanece en superposición de múltiples posibilidades, múltiples estados coexistentes. Y una vez que es medido, la onda de probabilidad cuántica colapsa o se reduce instantáneamente a un estado

¿Cuál es la propuesta de Hameroff-Penrose para el origen de la conciencia? Resulta, todo hay que decirlo, endiabladamente compleja y verdaderamente difícil de entender. Los autores lo refieren de la siguiente manera: La naturaleza de la conciencia, el mecanismo por el cual se desarrolla en el cerebro, y el lugar que ocupa en el universo son desconocidos. Propusimos a mediados de 1990 que la conciencia depende de procesos cuánticos coherentes biológicamente “orquestados” en colecciones de microtúbulos (componentes principales del esqueleto estructural de la célula) dentro de las neuronas cerebrales y que estos procesos cuánticos correlacionan y regulan la actividad neuronal sináptica. Esta actividad orquestada sugiere que existe una conexión entre los procesos biomoleculares del cerebro y la estructura básica del universo. En definitiva, la conciencia desempeñaría un papel intrínseco en todo el universo.

La teoría de la Reducción objetiva orquestada desarrollada fundamentalmente por Roger Penrose, tomando como base los procesos de superposición cuántica antes señalados, dice que una superposición cuántica podía realmente ser colapsada a un estado único definido a través de observación consciente pero, ¿qué pasa con un sistema que no es jamás observable desde afuera? ¿Qué pasa con la actividad cuántica dentro del cerebro humano? Roger Penrose argumenta que no es necesaria la presencia del observador para que la función de onda colapse en el entorno no observable del interior del cerebro.

Penrose argumenta que, en este último supuesto, la conciencia no causa el colapso de la función onda como dice la interpretación de Copenhague, sino que la conciencia es en sí el colapso de la función onda, o al menos un tipo especial de colapso. En la reducción objetiva orquestada, no siempre necesitas un observador externo. Si un sistema cuántico evoluciona a un umbral crítico que implique curvatura gravitacional a una escala cuántica se auto colapsará. Hay una reducción natural objetiva de una función de onda cuántica que resulta de un momento único de conciencia, o de un único “quantum” de conciencia,

A Hameroff le plantean una cuestión extremadamente interesante: Si la conciencia está surgiendo como una cierta frecuencia de colapsos cuánticos en el cerebro, entonces su modelo podría ser considerado materialista, ¿correcto? ¿Es la conciencia un subproducto de la actividad cerebral, empujado al nivel de lo que usted ha llamado espacio tiempo cuántico? A lo que Hameroff responde que Materia se deriva de algo más fundamental, que es la geometría cuántica espacio tiempo. Así es que esto estaría muy por debajo de la escala de la materia. La base de lo material es…inmaterial. Esto necesita una aclaración ya que al situar la conciencia fuera del espacio-tiempo se introduce de contrabando filosofía de corte trascendentalista en su última afirmación.

La explicación de Hameroff es que ninguna filosofía (la dualista, la materialista o la idealista) resuelve el problema de la conciencia sino que habría que ir a lo que él llama “monismo neutral” cuya base teórica dice que existe una entidad subyacente común que hace que surja, por un lado la materia y por otro la mente. En nuestro modelo esa entidad subyacente que hace que surjan ambas es la geometría cuántica del espacio tiempo. En las tradiciones Védicas podría llamarse Brahman, el fundamento subyacente del ser. Lo puede llamar como quiera – espíritu, cosmos, gravedad cuántica- lo que sea que posibilita que surja tanto la mente como la materia y subyace a toda la realidad.

Aquí sobresale claramente la idea de un concepto espiritual ¿con trasfondo religioso light? que Hameroff lo interpreta a su manera con una afirmación que alguno pensaría que es para echarse a temblar: tenemos que tomar en serio la posibilidad científica de la espiritualidad. No obstante, Hameroff señala qué es lo que él entiende por espiritualidad (religión no organizada) en base a tres argumentos. Primero, sería la interconexión entre los seres vivos y el universo como un todo posiblemente debido al fenómeno del entrelazamiento cuántico, que se refiere a la habilidad de dos partículas para estar íntimamente conectadas más allá de sus limitaciones normales de espacio y tiempo. En segundo lugar habría un cierto tipo de guía divina o sabiduría cósmica que influye en nuestras elecciones, lo cual podría deberse a los valores platónicos incorporados en la geometría espacio tiempo fundamental. Y, finalmente, existiría la posibilidad de que la conciencia permaneciera fuera del cuerpo después de la muerte.

Las tres propuestas son originales pero, en particular, la segunda es, como mínimo, discutible. Divinidad y platonismo no casan con una teoría basada en la física cuántica a pesar de que haya intentos baldíos por parte de muchos gurús mistéricos tratando de conciliar ciencia con espiritualidad, al menos tal como esta última se entiende hoy en día (con su abigarrado repertorio religioso de Nueva Era, sobrenaturalismo y esoterismo). Lo de sabidurías divinas y seres de luz que te señalan el camino a seguir (en vida y más allá de esta) me parece fuera de lugar y un tanto extravagante.

 

 

Si, como dice Hameroff, podría existir un cierto tipo de guía divina o sabiduría cósmica que influye en nuestras elecciones, me pregunto qué clase de sabiduría divina sería esa para hacer obrar a unos bien y a otros mal. La conciencia, aquí y ahora, debería ser libre y estar fuera de todo este argumentario “místico”. El ser humano debería ser considerado exclusivamente un sujeto cuya capacidad electiva para nada dependería de otras “entidades supremas” incognoscibles sino como resultado de su propio proceso biológico evolutivo.

Por ejemplo, haciendo una analogía lejana con lo anterior, dentro de las ECM también existen (aunque en menor proporción) los aspectos “negativos” de las mismas (que se han dado incluso entre niños) lo cual no deja de contradecir a las propias ECM que son ejemplificadas por quienes las experimentan, normalmente, como una forma de “transición” a un idílico “más allá”. ECM que, como ya se ha dicho, ni siquiera se producen en todas las personas ante idénticas situaciones (límite), ya que muchos de los que pasaron por un “estrés traumático” no recordaron haber experimentado absolutamente ningún evento de los señalados en las ECM. Entonces, en función de lo reseñado, si la conciencia sobrevive a la muerte física se podría plantear, en términos filosóficos, lo siguiente: ¿tal vez podría existir una conciencia neutra ilocalizable que nada tendría que ver con los episodios “místicos” que se experimentan con las ECM?

Retomando el tercer postulado de Hameroff, la supervivencia de la conciencia después de la muerte, aquélla se insertaría en la teoría de la Reducción Objetiva Orquestada de la siguiente manera: bajo condiciones normales la conciencia está ocurriendo a nivel de la geometría espacio tiempo dentro y alrededor de los microtúbulos en el cerebro. Sin embargo, cuando la sangre y el oxígeno dejan de fluir la coherencia cuántica en los microtúbulos del cerebro se detiene pero la información cuántica que hay no se destruye. Continúa existiendo a escala Planck y puede filtrarse o dispersarse, permaneciendo entrelazada en un cierto patrón, al menos temporalmente.

Por tanto, prosigue Hameroff, si un paciente es revivido, el patrón cuántico regresa a los microtúbulos dentro del cerebro y el paciente reporta haber tenido una experiencia cercana a la muerte o manifiesta haber estado fuera de su cuerpo. Si un paciente muere realmente, entonces es concebible que la información cuántica pueda permanecer entrelazada en una suerte de estado de después de la vida y tal vez la información pueda regresar a una nueva entidad, un cigoto o un embrión, en cuyo caso tendríamos algo así como la reencarnación.

Lógicamente, advierte Hameroff no estoy ofreciendo ninguna prueba de que esto suceda, estoy solamente proveyendo un argumento plausible. Estoy diciendo que si esto ocurre se fundamentaría en nuestro modelo. Es científicamente plausible que si la conciencia es un efecto cuántico ocurriendo en la geometría espacio-tiempo cualquier patrón de conciencia no se va, porque la información cuántica no se va, sólo se reorganiza a sí misma dentro de la geometría espacio-tiempo. Finalmente, Hameroff sentencia que si la hipótesis de la conciencia cuántica es demostrada, dará crédito a la dimensión espiritual de la vida. Socavará a los materialistas. Pienso que le dará mucha esperanza a la gente. Socavará a los materialistas dogmáticos pero no al materialismo, que es parte fundamental de la propia existencia del universo, habría que matizar.

Pero…¿tiene algún soporte experimental probatorio la teoría de Hameroff-Penrose? Parece ser que sí ya que hace tres años un equipo de investigadores dirigido por Anirban Bandyopadhyay, del Instituto Nacional de Ciencias de los Materiales en Tsukuba, Japón, descubrió la presencia de vibraciones cuánticas en los “microtúbulos” dentro de las neuronas cerebrales, lo que corroboraría la teoría de la Reducción Objetiva orquestada que, cómo no, cabe recordar fue  duramente criticada desde sus inicios por científicos escépticos, ya que el cerebro, decían los ortodoxos, era considerado demasiado “cálido, húmedo y ruidoso” para que produjera procesos cuánticos aparentemente muy sensibles. Sin embargo, dice Hameroff la evidencia ha demostrado ahora que la coherencia cuántica existe en la fotosíntesis de las plantas, en el cerebro del pájaro para orientarse en la navegación, en nuestro sentido del olfato y en los microtúbulos cerebrales, aunque se necesitan más replicaciones experimentales para conformar pruebas más sólidas.

Hay demasiadas incógnitas a resolver (probablemente muchas de ellas irresolubles), pero ello no implica que se tenga que hablar de algo paranormal, sobrenatural o pseudociencia para buscar respuestas científicas o filosóficas sobre la no (posible) relación entre la conciencia y el cerebro. Otra cuestión diferente es que del fenómeno de las ECM y de la problemática de la conciencia, en general, se hayan hecho eco personajes estrambóticos de la Nueva Era u otras religiones para dar una visión que se acomode a sus creencias misticistas.

El problema de la conciencia, con las teorías de Robert Lanza, Pim Van Lommel, Stuart Hameroff y Robert Penrose, supone abandonar viejos prejuicios conceptuales reduccionistas y explorar otros campos que podrían quebrar (o más exactamente modificar) los fundamentos de lo hasta ahora conocido y cambiar para siempre la concepción sobre nuestra existencia en el Cosmos.

En la ruleta de la vida es imposible apostar por lo que pueda acontecer (o no) “más allá de la muerte”. Las posibilidades son sólo dos: o que no exista nada o que, a la luz de las teorías antes señaladas, pudiera sobrevivir nuestra conciencia en un universo o multiverso donde no existan límites espaciales ni temporales y tampoco ningún tipo de anclaje trascendentalista de tipo “espiritual o religioso”.

En definitiva, el problema de la conciencia sólo se puede abordar, hoy día, utilizando aquella máxima del filósofo renacentista escéptico Francisco Sánchez: ”Nada se sabe”.

Herejes en la ciencia (2) Pim Van Lommel: conciencia no local más allá de la vida (b)

 

Las ECM parecen demostrar que se trata de vivencias extraordinarias activadas por una hiperconciencia. Pero ¿las ECM demuestran que exista algo más allá de la muerte? No, puesto que este planteamiento es absurdo en sí, ya que es algo absolutamente inverificable y no se podrá probar jamás, aunque los que hayan experimentado tales sensaciones “crean”, legítimamente, que existe “una vida en el más allá”. A lo sumo, y rizando el rizo, tenemos incertidumbres y, como mucho, una aproximación a probabilidades hipotéticas no comprobables en base a suposiciones teóricas de que la conciencia podría existir fuera del cerebro. La conciencia, al menos de momento, es una cuestión filosófica, no empírica, aunque se están proponiendo acercamientos científicos (Hameroff-Penrose) para desentrañarla. Del mismo modo, habría que decir que no se ha podido probar que exista una asociación cerebro (materia)-conciencia (inmaterial) utilizando medios neurocientíficos, salvo una apelación que se ha hecho desde la ciencia a la correlación entre actividad cerebral y conciencia. Pero la correlación no prueba en ningún caso la causalidad y la neurociencia no dice tampoco cuál sería la causa. La navaja de Occam parece proclamar abiertamente, en este caso, que esa no sería la conclusión lógica. Por tanto, parece que nunca podremos saber exactamente lo que es una ECM o lo que la produce, hasta que la ciencia pueda definir exactamente un marco conceptual de lo que es la conciencia

La tesis central del discurso de Van Lommel es que la conciencia es ilocalizable, existe sin lugar y espacio determinados. De este modo para Van Lommel la muerte sería algo así como un cambio de conciencia, ya que pasaría a formar parte de una conciencia no local, donde el espacio-tiempo no existiría. El relato de una persona que experimentó una ECM, un paciente del cardiólogo holandés, es la noción que más se aproximaría a lo que yo creo (o podría creer) sobre este asunto:  La idea de Dios se sustituiría por una conciencia humana colectiva o universal que conecta a cada individuo con todo cuanto existe, ha existido o existirá.

En este sentido, la física cuántica sería la respuesta a la teoría sobre la conciencia de Van Lommel que, por cierto, es explicada aún más de forma más profusa, compleja y técnica a través de la llamada hipótesis de Hameroff-Penrose o Reducción Objetiva Orquestada, una brillante aportación científico-filosófica del “problema de la conciencia” que trataré en la última entrada a propósito de este tema. Por tanto, siguiendo al anterior paciente de Van Lommel La conciencia perduraría más allá de la tumba. Lo muerto ha resultado no estarlo, sino ser otra forma de vida. Algo que, por cierto, se asemeja bastante a los postulados de Hameroff y Penrose.

La conciencia insertada en la no-localidad que propone Van Lommel parece salir fuera del marco conceptual materialista…pero no tanto. La no-localidad es una propiedad fundamental de todo el universo, una realidad subyacente que define eventos físicos que ocurren en el universo. Una partícula fundamental cuántica, por ejemplo un electrón, se ve afectada no sólo por lo que está pasando en un punto concreto (la localidad de la entidad), sino también por acontecimientos que ocurren en otros lugares (otras localidades) que en principio pueden estar en cualquier parte del universo. Estas influencias no locales ocurren instantáneamente, como si alguna forma de comunicación funcionara no sólo más rápida que la velocidad de la luz, sino infinitamente más rápida.

Busquemos ahora un “apoyo” a la sutil argumentación de la conciencia no local de Van Lommel. Se sabe que a escala subatómica una partícula fundamental está en todas partes hasta que es medida, luego el acto de medir del observador podría crear perfectamente la realidad objetiva del universo, como establece la teoría biocéntrica de Robert Lanza. Sin un observador consciente habría una superposición de posibilidades sin que nada sucediera verdaderamente. Si separamos dos partículas siguen estando interconectadas sin importar cuán lejos esté una separada de la otra (incluso a miles o millones de años luz).

Entonces ¿se podría deducir que todas las partículas que se expanden en el universo y alguna vez estuvieron comprimidas en un punto original (admitiendo la teoría del Big-Bang) donde nosotros también formábamos parte de ese punto inicial, haría que estuviéramos, por decirlo de alguna manera, energéticamente unidos? Si no hay separación entre las partículas fundamentales tampoco la habría entre la conciencia de las personas o de otros seres que puedan habitar el universo (ya que al fin y al cabo todo él está formado por atómos y partículas subatómicas). Todo estaría interconectado, inclusive en hipotéticos universos paralelos y en estados de consciencia infinitos. De momento, pese a todo, sólo tenemos rompecabezas.

De todas formas, en el estudio de Van Lommel sobre las ECM que publica en su libro Conciencia Más allá de la Vida habría que apuntar un hecho cuanto menos contradictorio que podría debilitar, en cierto modo, el sustrato no materialista de algunas ECM. Quizás el planteamiento sea un tanto absurdo por entrar en un terreno, digamos “filosófico-espiritual”, donde la lógica estaría ausente. No se trataría de cuestionar aquí el trabajo del cardiólogo holandés y sus conclusiones, sino que la tarea sería desmitificar a los espiritualistas y su firme creencia en un más allá poblado de “ángeles y seres de luz” ya que ese universo de ultratumba…“cojearía” más de la cuenta.

Según Van Lommel, determinado número de pacientes que tuvieron y relataron ECM, fallecieron poco después y no se les pudo entrevistar para redactar el cuestionario correspondiente. Si como modelo general, común y ampliamente extendido, todos o casi todos los afectados de las ECM ofrecen relatos verídicos y llegan al famoso umbral (más allá de la muerte) que no pueden traspasar y unos “seres de luz ajenos” (o bien familiares) les empujan a volver a la vida terrenal (“tienes que volver”, dicen), ¿cómo es que al poco tiempo, en cuestión de horas o días, ese grupo de pacientes con ECM falleció? ¿No quedamos que les habían devuelto a la vida para continuar su cometido aquí? Claro está, salvo que esas personas relataran experiencias sin relación alguna con “seres mágicos” que les conminaran a no traspasar la “puerta del cielo”. Lógicamente, la única explicación a todo esto sería entrar en el fango del “espiritualismo religioso” y sus conclusiones reñidas con la razón.

Dejando al margen el “detalle” anterior…otro de los argumentos de Van Lommel es que se ha demostrado científicamente que durante las ECM la conciencia aumentada fue experimentada de forma independiente de un funcionamiento cerebral. Basado en la investigación científica sobre las ECM, uno no puede evitar llegar a la conclusión de que la conciencia infinita ha sido y será independientemente del cuerpo. No hay principio ni habrá nunca un fin a nuestra conciencia. Nuestra conciencia reforzada no reside en nuestro cerebro y no se limita a nuestro cerebro, porque nuestra conciencia es no local, y nuestro cerebro tiene una función de facilitador,  no una función de productor de la conciencia”.

En palabras del psiquiatra Stanislav Grof: No creo que se puede localizar la fuente de la conciencia. Estoy seguro de que no está en el cerebro. Es más, según mi experiencia, estaría más allá del tiempo y el espacio, por lo que no es localizable. De hecho, cuando se intenta llegar a la fuente de la conciencia disuelves cualquier categoría que implique separación: individualidad, tiempo, espacio…Sólo se experimenta como una presencia. Las personas que tienen ECM pueden percibir esa fuente o pueden llegar a ser la fuente, completamente disuelta y experimentarla. Pero categorías como el tiempo y el espacio, que son coordenadas de localización, no son relevantes para esa experiencia. Los conceptos de tiempo y espacio provienen de ese lugar, son generados por ese lugar, pero, la fuente cósmica en sí misma, la conciencia cósmica no puede ubicarse ciertamente en el mundo material.

En definitiva, la ciencia dogmática catalogaría de forma reduccionista las ECM como una experiencia “hiperconsciente” con memorias detalladas asociadas y cambios psicológicos que transformarían la vida de las personas pero debido, o bien a agentes psicotrópicos externos, a la propia actividad del cerebro liberando drogas producidas naturalmente en el cuerpo o a la actividad mal organizada de grupos de neuronas que aún podrían estar funcionando cuando el resto del cerebro está “apagado”. Mientras que para los no ortodoxos la conciencia no estaría generada por el cerebro sino que sería un componente más fundamental de la realidad, que aquél “sintonizaría”, a modo de “antena receptora”, pero existiendo dicha conciencia siempre independientemente del propio cerebro. El cerebro sería una especie de filtro y la conciencia adquiriría verdadera naturaleza de la realidad. 

Volviendo al consenso dominante sobre la conciencia como fundamento materialista,  hay que decir que no faltan ardorosos personajes que salen en auxilio de la explicación de la conciencia como parte del cerebro, como es el caso del gurú mediático del super-ateísmo Richard Dawkins, cuando éste afirma que: “el concepto de que sobrevivimos más allá de nuestra muerte es similar al pensamiento mágico”. Por supuesto, ya que no está demostrado bajo parámetros científicos. Pero también habría que decir, a sensu contrario, que el concepto de que el cerebro puede producir conciencia sería perfectamente representativo del pensamiento mágico.  Dawkins se está convirtiendo en los últimos años más en una caricatura atea que en un sólido defensor de la causa de la irreligiosidad.

También el físico retirado Victor Stenger es otro que pontifica sobre la cuestión de la conciencia afirmando, sin probarlo, que no hay “cruce” entre el mundo cuántico y la conciencia. De las ECM, dice Stenger, que las experiencias cercanas a la muerte, si son verdad, pueden ser verificadas fácilmente de forma científica. Después de miles de experiencias religiosas relatadas de diversos tipos, incluyendo experiencias cercanas a la muerte (sic), nadie ha proporcionado nunca un solo artículo acerca de que se hayan verificado experimentalmente ¿Ha habido un solo caso de una percepción verídica reportada por ECM bajo condiciones controladas? Ninguno, dice Stenger.

Primero: meter y mezclar torticeramente a Dios, la fe cristiana y eventos como las ECM, como apunta Stenger, es padecer de una ceguera integrista patológica, muy concurrente entre los cientifistas. Segundo: supongo que condiciones “controladas” son, para este epígono de la fe materialista, experimentos “aleatorizados, doble ciego y controlados con placebo” algo totalmente imposible de llevar a cabo en una ECM donde el único estudio es el fenomenológico y su posterior desarrollo teórico. Pero es que incluso esto último ha sucedido en el campo de la física cuántica, sobre todo en sus inicios, donde no había herramientas observacionales para corroborar las teorías propuestas.

Tercero: Una anomalía extraordinaria, como es el caso de las ECM, puede aparecer inicialmente en un pequeño número de casos (en la práctica no es así) que, no obstante, se repiten lo suficiente como para justificar un desarrollo teórico posterior que conformará unas bases sólidas sobre las que construir una hipótesis plausible de las ECM, no para “demostrar científicamente” su “existencia”. Aunque esto último (las ECM) se podrían probar, indirectamente, a través del papel desempeñado por la conciencia en los procesos cuánticos (hipótesis de Hameroff-Penrose), que niega Stenger.

Por supuesto, los (pseudo) escépticos de calle no podían faltar a la cita para descalificar también a Van Lommel y su trabajo científico sobre la conciencia y las ECM’s. Una agria polémica se suscitó en ELPAÍS a este respecto. El bálsamo reparador de “pseudociencia” apareció de inmediato y los cruzados se pusieron manos a la obra para intentar desfalsificar (o ellos creyeron eso) la consistente argumentación (hipótetica) de Van Lommel. Pero sobre todo lanzaron sus ataques para reconvenir al periodista de ELPAIS, Isidoro Reguera, ya que éste se atrevió a publicar una reseña elogiosa del libro de Van Lommel y claro….aquello resultó intolerable para el Santo Oficio cientifista.

Un representante cardenalicio de la fe científica, JS Aguilar, salió a la palestra para acusar al periodista de PRISA de hacer “propaganda” de un libro que dice este personaje está plagado de ”anécdotas, opiniones y testimonios vividos y, en muchos casos, construidos posteriormente por pacientes que estuvieron cerca de la muerte”. O sea que los miles de testimonios de ECM son meros relatos de personas fabricados o inventados “después” de pasar por el trauma correspondiente. Lo dice alguien que estuvo allí, in situ, y lo pudo “probar”. Este es el tipo de “razonamiento” que hay en el escepticismo militante. Recurre el pseudoescéptico Aguilar, al igual que el credo científico oficial, a descalificar dichas ECM como episodios debidos a la ya sobada y deslegitimada anoxia (que no se produce en todas las ECM), e incluso se refiere a  la epilepsia como causa de las ECM (?). Esta argumentación tan pobre fue destruida por el propio Reguera en una réplica posterior.

Otros fervorosos talibanes que le siguen al tal Aguilar dejaron argucias descalificatorias del siguiente tenor: Del análisis científico se puede deducir que las personas con experiencias cercanas a la muerte experimentan alucinaciones. ¿Hay alguna demostración de dónde está situada esa conciencia si no es en el cerebro? ¿Hay algún experimento científico repetible que permita comprobar que dicha conciencia existe de forma separada del cerebro? Todo vale para justificar lo que no deja de ser un punto de vista “magufo”. Me parece charlatanería “new age”. No se puede ser más indigente, sobre todo cuando esta grey de cientifistas o pseudoescépticos no han logrado demostrar que la ciencia pruebe que la conciencia esté en el cerebro. ¿La han podido replicar en laboratorio? No (como se ha demostrado con anterioridad), puesto que en un laboratorio sólo se miden hechos físicos tangibles ¿Entonces como pueden afirmar que el cerebro (materia) puede generar conciencia (algo no mensurable e intangible)? Lo demás es recurrir a los tópicos indecentes de siempre para denigrar a un científico como Van Lommel. Pero es lo que tiene ser un tonto útil de la ciencia integrista.

Van Lommel también se ocupó de los pseudoescépticos replicando a uno de sus críticos, Michael Shermer, columnista de la revista Scientific American, quién afirmaba que toda experiencia es mediada y producida por el cerebro, y que los llamados fenómenos paranormales –sic- como las experiencias fuera del cuerpo no son más que eventos neuronales. El cardiólogo holandés le refutó diciendo que  el estudio de pacientes con ECM nos muestra claramente y sin discusión que la conciencia con recuerdos, cognición, emoción, autoidentidad y percepción desde fuera y por encima de un cuerpo “sin vida” se experimenta durante un período en el cual un cerebro no funciona (anoxemia transitoria pan-cerebral). A pesar de ello, y de las sonoras bofetadas que siguen recibiendo, algunos cartesianos militantes siguen erre que erre hablando de “fe”, “hechos paranormales”, “sobrenaturales” o “pseudociencia” para referirse a los eventos ECM estudiados por científicos no ortodoxos como Van Lommel, Raymond Moody, Peter Fenwick o Kenneth Ring.

Un verdadero escéptico podría decir lo siguiente: “Está bien, tenemos un montón de pruebas anecdóticas y algunas de ellas son interesantes e impresionantes, pero todavía no estamos preparados para decir que se trata de una evidencia fuera de lo “normal”. Necesitamos más investigación en ese área”. Ahora, sí, tendríamos a un verdadero escéptico. Pero los que se hacen llamar escépticos y fisicalistas dogmáticos se olvidan de aplicar este sano ejercicio de escepticismo  y prefieren llevar a cuestas el mojón del mecanicismo materialista para delimitar radicalmente lo que ellos entienden como “pseudociencia” y ciencia pura, no dudando en desacreditar a los disidentes, inclusive tildándoles de charlatanes.

Los pseudoescépticos enfocan de forma sesgada todo lo relativo a la conciencia o las ECM intentando hacer que la rueda de la ciencia no dogmática se derrumbe doblando los radios. Afortunadamente, existen nuevos investigadores como Van Lommel (y otros) que demuestran que los radios son sólidos y la rueda segura. Para muchos científicos convencionales, necesitados de dinero y becas para seguir financiando proyectos donde la mayor parte de las veces venden humo, les es más confortable seguir parapetados bajo un falso argumento de autoridad.

Y es que cualquier teoría vieja y desvencijada no importa lo mal que se ajuste a las premisas de los pseudoescépticos, lo que importa es que se garantice la supervivencia del dogma.

 

Herejes en la ciencia (1). Robert Lanza: biocentrismo como explicación finalista del universo

Este científico norteamericano propone, entre otras, algunas premisas que pretenden cambiar el paradigma sobre nuestro universo y el propio ser humano como, por ejemplo, que la muerte, tal como la conocemos, sería sólo una ilusión creada por nuestra mente, mientras que la vida daría origen al universo y no al revés, como proponen las teorías evolutivas comúnmente admitidas por la ciencia. ¿Por qué me he metido en estos “embrollos” que buscan explicar otras “realidades” fuera de los círculos científico-materialistas…? Tal vez por la necesidad de satisfacer mi ansiedad existencial, debido a las circunstancias personales expuestas en este blog semanas atrás, lo que me ha impulsado a analizar y comprender que tal vez haya dogmas científicos que no sean tan consistentes como nos cuentan.

Robert Lanza (1956) es médico (no físico como erróneamente se puede leer en algunos sites de Internet) y director científico del Advanced Cell Technology, además de profesor adjunto en la Facultad de Medicina de la Universidad de Wake Forest (Carolina del Norte). Según la arriesgada teoría de Lanza la conciencia sería la creadora de toda realidad existente, de tal modo que la conciencia determinaría la forma y el tamaño de los objetos del universo” en contraposición al consenso científico que establece que la realidad existente de lo que hay es independiente de que haya, o no, un observador. Una de las tesis centrales de Lanza es que “si aceptamos la teoría de que el espacio y el tiempo simplemente son ‘herramientas de nuestra mente’, entonces la muerte y la idea de la inmortalidad existen en un mundo sin límites espaciales ni lineales”.

Lanza se apoya, para afirmar tales hipótesis, tanto en el añejo experimento de la doble rendija de Young como en la física cuántica. De esta última se hace eco del llamado entrelazamiento cuántico (o “acción fantasmagórica a distancia”, que señalaba Einstein) que consiste en que dos partículas elementales se comunican de forma instantánea independientemente de cuál sea su distancia. En cuanto al primer experimento (el de Young) se sabe que cuando varias partículas se lanzan hacia dos rendijas pueden hacerlo a través de una ranura o de la otra. Pero si ninguna persona observa o mide dicho experimento las partículas actúan como una onda y pueden ir a través de las dos rendijas al mismo tiempo. El mero acto de “observar” o “medir” hace que la función de onda colapse.

Tanto el comportamiento dual de la materia como onda-partícula como el llamado entrelazamiento cuántico estarían basados, según Lanza, en la percepción y la conciencia de una persona. De ahí que la conciencia sería, para Lanza, determinante a la hora de modelar la realidad física del universo y de nuestra propia existencia. Si la conciencia está asociada al cerebro, como propugna la ciencia oficial, entonces aquélla se extinguirá a la muerte del cuerpo físico, pero si el cerebro es una suerte de “antena receptora” de una conciencia “externa” ésta sería, según Lanza, “inmortal en un mundo sin fronteras espacio-temporales”.

El libro publicado por Lanza en 2009, Biocentrismo. Cómo la Vida y la Conciencia son las Claves para Entender la Verdadera Naturaleza del Universo, trata de explicar los fundamentos de esta aparente “teoría del todo” a través de siete principios biocéntricos, resumidos de la siguiente manera: .

  • La conciencia está detrás de la realidad
  • La percepción interior y exterior de una persona están vinculadas
  • El conportamiento cuántico de la materia está enlazado a un observador
  • La ausencia de conciencia determina que la materia esté en un estado de improbabilidad determinado
  • La vida crea al universo y no al revés
  • El tiempo no tiene sentido fuera de la conciencia
  • El espacio y el tiempo son dos creaciones de la conciencia. No son realidades independientes

Ahora bien, ¿Lanza (junto al astrofísico Bob Berman) desarrolla su hipótesis de forma convincente en su libro? Pues, lamentablemente, tengo que decir que la lectura del mismo me ha resultado decepcionante. Donde uno esperaba encontrar una densa y argumentada explicación sobre sus, en principio, atrayentes teorías (que no dejan por ello de serlo) sólo abunda un ejercicio biográfico de narcisismo en los seis primeros capítulos, así como en el duodécimo, que nada tienen que ver con su propuesta “biocéntrica”. ¿Eran para utilizar de relleno?. Uno esperaba que entrara en materia nada más empezar el libro y lo que te encuentras es una novela acerca de la vida y avatares de la infancia-juventud de Lanza que se extiende hasta bien entrado el mismo donde podemos ver cómo un joven Lanza se paseaba por la elitista Harvard y andaba entusiasmado y nervioso por aparecer en los despachos de los premios Nobel.

Por otra parte, sería casi motivo de rechazo la lectura de su libro al ver como Lanza da pábulo al gurú de la Nueva Era, Deepak Chopra, haciendo comentarios elogiosos de sus teorías en la portada y contra-tapa del libro. Ello a pesar de que el propio Lanza advierte en la introducción que “no os preocupéis, no hay nada de Nueva Era en esta obra“ y también en el capítulo octavo apunta lo siguiente: “La teoría cuántica, dice Lanza, se ha convertido, desgraciadamente, en una especie de comodín para intentar dar un respaldo científico a todo tipo de insensateces en el movimiento de la Nueva Era”. Entonces ¿en qué quedamos?, Lanza huye, con toda lógica de la peste de la Nueva Era pero al mismo tiempo permite que Chopra, un vendedor de esoterismo y religiosidad new-age, ponga sus créditos en su libro. Hasta Raymond Moody (el “padre” de las experiencias cercanas a la muerte, descalifica a ese movimiento).

La crítica aquí, por tanto, no iría por la idea central en sí de Lanza (descalificada en los círculos de la ciencia oficial, pero tan legítima como cualquier otra) sino por la ausencia de un convincente desarrollo teórico (no demostrativo, porque el propio autor ya dice al final del libro: “se trata de conclusiones provisionales especulativas”) Sus premisas pueden ser asumibles (y algunas de ellas son, sin duda, atrayentes), pero Lanza no explora debidamente acerca de los diversos estados de conciencia e incluso podría haberse adentrado en el terreno de la neurociencia para confrontarla, algo que hace que se debilite, en cierta forma, su argumento. El hecho de dedicar un capítulo entero (el octavo) al experimento de la doble rendija, con algunas variables metodológicas, aporta menos de lo que parece a su teoría, aunque es la parte digamos más científica para sostener su tesis de la conciencia como generadora de la realidad. Otro de los recursos criticables de Lanza consiste también en plantear preguntas “difíciles” al llamémosle dogma oficial pero no exigírselas a él mismo con su “biocentrismo”.

Otro medio empleado por Lanza que resulta bastante molesto, aunque ya sería secundario, es su reiteración por el uso de analogías superfluas con las que apostilla el final de una determinada frase aludiendo a cualquier cosa que se le ocurra (sea un actor o una fruta), como si tratara de hacerse el “interesante”, intentando introducir un plus de originalidad postiza a su discurso, algo que es prescindible y a veces hasta resulta incómodo. Lo mismo sucede para explicar su teoría de la conciencia con el ejemplo del árbol que cae en un bosque. La idea de que no hay sonido en ausencia de conciencia para percibirlo es una abstracción-elucubración, a modo de realidad holográfica, cuanto menos discutible.

En definitiva, si aceptamos como válido el discurso general de Lanza, es plausible como dice el también controvertido físico Dean Radin (a cuenta del “observador” y la “conciencia”) que La medición cuántica es un problema ya que viola la doctrina comúnmente aceptada de la realidad objetiva, que asume que el mundo en general es independiente de la observación. La noción de que la conciencia puede estar relacionada con la formación de la realidad física ha sido asociado más con la magia medieval y las ideas New-Age que con la ciencia sobria. Como resultado, es más seguro para la carrera de un científico evitar relacionarse con temas tan dudosos y subsecuentemente los experimentos que examinan  estas ideas son difíciles de encontrar en la física.

Ahora bien, la interesante propuesta de Lanza con su Biocentrismo se queda en un trabajo un tanto anémico, especulativo y se recrea demasiado en el simple retrato biográfico de su persona, más unas pinceladas acertadas o discutibles sobre la conciencia y algún que otro apunte científico (cita en varias ocasiones a uno de sus mentores, el físico John Wheeler, con axiomas como “Nada existe hasta que es observado”). En su lugar, el biocentrismo es la correcta interpretación del universo, pero sin apoyarlo suficientemente.

Con todo, si deja algo bien claro Lanza (y que suscribo) es una certera cuestión: que el llamado “problema duro” de la conciencia (como lo define el filósofo David Chalmers) no puede ser resuelto por la ciencia porque es, en sí, irresoluble a pesar de que las explicaciones científicas intenten buscar su origen en las reacciones neuroquímicas del cerebro. Pero lo cierto es que ninguna disciplina científica ha sido ni es capaz de explicar cómo la conciencia, algo inmaterial y subjetivo, puede surgir de la materia cerebral, salvo recurrir a vagos experimentos de laboratorio que no prueban de ninguna manera la relación causa-efecto (cerebro-mente subjetiva). Y, en este sentido, es donde ganaría enteros el biocentrismo.

La teoría biocéntrica es demasiado “ambiciosa” y sólo proporciona respuestas provisionales, discutibles, aunque también habría que decir que muchas teorías sobre el universo apuestan por el valor de “verdad” (a pesar de su eventualidad) y podrían calificarse perfectamente de fantasmagóricas y extravagantes. Por ejemplo, en cosmología, la teoría de cuerdas y,…por qué no, el origen mismo del universo (el canonizado y teísta Big-Bang) que fue inventado por un cura, Lamaitre, y un ruso exiliado en EEUU, George Gamow, teoría que como alguien ha dicho podría definirse perfectamente de “creacionismo disfrazado de ciencia…ficción”. ¿Cómo si no creer que algo pueda haber surgido de la nada? Si hubiera una porción de “nada” en el universo actual éste no podría existir (los juegos matemáticos de la “singularidad inicial” son discutibles)

Es cierto que el Big-bang es la teoría que, en apariencia, y a la luz de lo observado, mejor explica los fundamentos del universo pero…tiene importantes lagunas ya que fenómenos principales sobre los que se apoya como son el corrimiento hacia el rojo y la radiación de fondo de microondas se han demostrado insuficientes para explicar cómo funciona el Cosmos. Por otra parte, ningún punto inicial ha sido identificado como origen del universo y además no todas las galaxias están viajando a la misma velocidad o en las trayectorias que se podría esperar después de un big bang.

Robert Lanza, desde la ciencia, ha desafiado a la ortodoxia y eso le ha convertido de inmediato en ser etiquetado con el ya consabido repertorio del lobby “escéptico”, es decir, estamos ante un “pseudocientífico”, “charlatán”, “anticientífico” impostor y…súmenle otros más. Puede que su teoría (que no es original) pueda achacársele reminiscencias “espiritualistas” o de tener relación con las filosofías orientales pero, en cualquier caso, el biocentrismo de Lanza da una perspectiva diferente para repensar el mundo que nos rodea y nos propone salir de las trincheras de un cientifismo dogmático que prefiere seguir encerrado en su torre de marfil materialista y reduccionista.