La ultraderecha literaria y el “revival” imperiófilo

Por JL Kleiber

Sin título

En los últimos años ha habido una preocupante tendencia al alza a la hora de revisionar los episodios más oscuros de la historia de España, no ya de épocas más recientes (la dictadura franquista y el período de la II República española, los caballos de batalla clásicos de la historiografía ultraconservadora) sino, retrotrayéndonos más atrás en el tiempo, se ha puesto en marcha una maquinaria propagandística para distorsionar, reformular, adulterar, malversar y, supuestamente, “deconstruir” los hechos más negros del pasado imperial español con una inusitada profusión de apología literaria imperial-hispanista, plasmada en obras, escritos, conferencias, charlas y documentales a cargo de una variedad de autores que, inflamados de nacionalismo patrioteril, y con el telón de fondo del manoseado centrifuguismo secesionista catalán, ensalzan hasta el paroxismo las “epopeyas” católico-españolas en América, atacando, a su vez, a las corrientes del “indigenismo” y a los críticos de sus deprimentes postulados reaccionarios. Pocas veces se han conjugado tan bien la desvergüenza histórica con una obstinada propaganda nacionalista que descansa en ese síndrome de Estocolmo, tan en boga hoy día, llamado “leyenda negra”. Ni la España franquista llegó a tanto, ni los actuales divulgadores hispano-chovinistas han alcanzado tan altas cotas de miseria intelectual en sus bodrios literarios.

La manipulación y tergiversación del período colonial español en América Latina está de moda. El descubrimiento del continente americano fue una empresa santa y pacificadora; Cristóbal Colón fue ejemplo de antiesclavista; Hernán Cortés y Francisco Pizarro fueron benefactores y protectores de los indios; las misiones californianas de los jesuítas y franciscanos eran centros de enseñanza humanista para los aborígenes; los frailes fueron el bastión católico de la obra “civilizadora” española en América; el oro y la plata de las minas se quedó en América y se entregó a sus propietarios nativos; los esclavos indígenas eran, en realidad, trabajadores asalariados mejor pagados que el albañil real de Carlos V; los conquistadores españoles acabaron con esa práctica tan perversa y desconocida en la España inquisitorial de los “sacrificios humanos”; las “Leyes de Indias” fueron el santoral de derechos humanos de los nativos y les convirtieron en dueños de su destino; la Inquisición fue un tribunal garantista de derechos y libertades; el mestizaje se llevó a cabo sin matrimonios forzosos, ni coacciones ni violaciones; las universidades que fundaron los españoles en América las construyeron los propios conquistadores y su acceso se hizo sin restricciones para los nativos, que dispusieron de cátedras para la difusión de sus lenguas y códices precolombinos. En definitiva, que los protestantes nos llevan persiguiendo desde el siglo nono y esto no hay quien lo aguante.

Los equidistantes reclaman el “presentismo” para ver con ojos de la época lo que no se puede ver con los actuales. “Es un error juzgar el pasado con los valores de hoy”, dicen desde el Hispanic Council, una suerte de remozado Consejo de la Hispanidad franquista acomodado a los nuevos tiempos que parecen ser siempre viejos. Entonces, digo yo, habría que revocar la narrativa de las cámaras de gas nazis porque hay que verlas con los esquemas mentales de entonces, no con los de hoy. Ante ese pensamiento indigente, intelectualmente anémico, solo cabe difundir la realidad cruda de unos hechos que son deformados persistentemente por la propaganda rosalegendaria, que se ha hecho fuerte en los últimos años en los medios audiovisuales y en las plataformas sociales.

Personajes reaccionarios y tradicionalistas que capitanearon la “leyenda negra” como Menéndez Pelayo, Julián Juderías o el fascista Ramiro de Maeztu, son los referentes de los nuevos cruzados de la Hispanidad. La vieja catequesis franquista de “los enemigos de España” vuelve con fuerza para recuperar unas “grandezas imperiales“ que se articularon ideológicamente en el régimen del 18 de Julio y que hoy recogen partidos como Vox y la izquierda nacional-chovinista. El objetivo es socializar en el imaginario colectivo el concepto “Leyenda Negra” y reconfigurar el Descubrimiento español de América como una obra providencial.

Los malvados fueron los otros, nos repiten constantemente desde las tribunas hispánicas, de forma rutinaria, con patetismo. Los anglos, Guillermo de Orange, Theodor de Bry, Lutero, Calvino, los italianos, los afrancesados y traidores negrolegendarios como Bartolomé de las Casas. Revisionismo histórico no es tirar estatuas de Colón, Valdivia, Alvarado o Junípero Serra sino engrandecer su figura con un enfoque metodológico consistente en blanquear sus crímenes, justificarlos o directamente ignorarlos, o bien se usan pretextos vacíos del tipo “fueron hombres de su tiempo” para, de este modo, equilibrar sus faltas y virtudes en una confortable (falsa) equidistancia que es, en la práctica, negacionismo de la mejor ley.

La “leyenda negra” no existió ni existe; es el tocomocho de los cretinos para mantener vivo el victimismo de una antigualla imperial que se derrumbó hace dos siglos.

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