¿Sobrevive la conciencia ‘más allá’ del espacio y el tiempo? (3). La conciencia es intangible, no se disuelve en la nada

 

 

 

Los mecanicistas dogmáticos postulan que a la muerte del ser humano desaparecen definitivamente tanto nuestro cuerpo como nuestra conciencia. El cuerpo material es evidente que “desaparece”. Pero ¿también la conciencia? Pensemos por un momento en la afirmación hecha por los materialistas ortodoxos acerca de la desaparición de la conciencia junto con el cuerpo humano. En mi opinión, existen dos hechos incontrovertibles que desmontarían este presupuesto “cientifista” recurriendo, parcialmente, a los estados de conciencia ilocalizable que señala Van Lommel:

1º) En el universo actual la “nada”, estrictamente, no existe y 2º) La conciencia es una cualidad de poseer conocimiento que estaría, en mi opinión, fuera de cualquier demarcación física (por ejemplo, los deseos, emociones o sentimientos..); por tanto, estaríamos hablando de algo intangible e inmensurable, a pesar de los intentos de la neurociencia oficial por “demostrar” lo que es, en la práctica, indemostrable: la conexión cerebro-conciencia. La conciencia, de este modo y al contrario que el cuerpo físico, sería inextinguible, no se destruiría, sería eterna e infinita.

No es fácticamente posible que exista un universo sin vida, entendida ésta como un conjunto de ciclos de transformación de todo lo físicamente existente, datable y observable (seres vivos, planetas, estrellas, galaxias etc). Pero ¿qué papel juega la conciencia en un universo con vida? La conciencia determina, definitivamente, nuestra comprensión de todo lo que hay en el Mundo y, por tanto, es imposible que ese universo esté “vacío” de conciencia y que ésta se evapore en la “nada” a la muerte física. Por tanto, esta conciencia, de la cual estamos dotados, sólo habría una única manera de delimitarla y sería operando siempre desde “fuera” de nosotros, como ya ha apuntado Van Lommel, en un estado no local (en cualquier parte), donde nuestro cerebro sería su transmisor.

La conciencia al no ser una entidad material no podría ser generada por un cerebro que está compuesto de redes neuronales sinápticas activadas mediante reacciones neuroquímicas bajo procesos estrictamente físicos. Si la conciencia no está en nuestro cerebro, no queda más remedio que decir, o al menos conjeturar con algo de lógica, que tendría que estar fuera de él y sus coordenadas no serían, en ningún caso, espacio-temporales, al margen de las teorías que proponen determinados físicos señaladas en la entrada anterior.

Algo, ya sea tangible o intangible, no puede desaparecer jamás en la “nada” como proponen los heraldos de la fe científica respecto de nuestra muerte, puesto que nuestro referente existencial es un Universo cuyas propiedades están constituidas por materia y energía, las cuáles se articulan bajo unas estrictas leyes físicas, a nivel macro y microcósmico. ¿Cuando muere una estrella se extingue en la nada? No, su material estelar resultante sirve para crear otras estrellas en un ciclo sin fín. Exactamente pasa lo mismo con nuestro cuerpo: se recicla para que otros seres vivos puedan usarlo (dejando al margen el ceremonial de las incineraciones).

Cabe afirmar con total rotundidad que si en nuestro Universo hubiera tan sólo una pequeña porción de “nada”.…no podría existir tal como lo conocemos, ni cuerpos físicos, ni objetos estelares, ni vida, ni conciencia. Luego, la única conclusión que yo creo más se aproximaría a una hipótesis con probabilidades de “certeza” (partiendo del axioma escéptico de que “nada se sabe”), y siguiendo a autores como Van Lommel, es que muerto el componente físico la parte inmaterial de nuestro ser, la conciencia que nos hace ser conscientes de nosotros mismos y de todo cuanto nos rodea, sobreviva de alguna manera que no conocemos, en estado “ilocalizable”, a un nivel cuántico indeterminado fuera del espacio-tiempo.

En este sentido, hay que decir que los discursos “mistéricos” que promueven teorías trascendentalistas sobre el “más allá de la muerte” (cada una a su manera) ya se trate de religiones monoteístas y otros movimientos espiritualistas tipo New Age, no son nada más que constructos mentales supersticiosos dentro de una colección de deidades, seres de luz y otras fantasías supletorias que sólo pueden atribuirse a artefactos mentales generados por una mente a la que le es más fácil creer que exigirle algún tipo de esfuerzo para pensar críticamente. Lo que pretenden, en realidad, los propagandistas de la fe religiosa es ejercer una forma de control mental sobre un rebaño dócil y crédulo o, simplemente, mantener a esa grey crédula como una forma de “sumisión a los muy reales poderes del más acá”, que diría Puente Ojea.

Todo ello, por supuesto, al margen de las interpretaciones que se quieran hacer de las controvertidas (para la ciencia) ECM (experiencias cercanas a la muerte) que, en mi opinión, serían tanto​​ impresiones​ ​reales objeti​​v​a​s producto de esa conciencia no local “ampliada” de la que habla Van Lommel (donde existe una visualización ​ y audicion de elementos físicos con un alto detalle descriptivo, particularmente en las OBE -experiencias fuera del cuerpo-​) como también irreal​es, en el sentido de que aquéllas suelen ser validadas como  “prueba” de la existencia de un mundo paradisiaco (o infernal) “más allá” de la vida. Una apreciación que sería, estrictamente, un “proceso ilusorio”, por indemostrable.

Es decir, la “irrealidad” en las ECM, en mi opinión, sería hacer un trasvase de lo vivido “realmente” en esa experiencia para dar carta de naturaleza a “otros mundos” imaginarios. Historias narradas que han llegado a los límites de la fabulación esotérica de la mano de personajes como el neurocirujano norteamericano Eben Alexander quién ha afirmado, tan pancho él, que “el cielo existe” en su libro “La Prueba del Cielo”. ¿Y los que experimentaron a la inversa un “infierno”? No dudo que Alexander haya pasado, objetivamente, por esas experiencias….pero la diferencia estriba entre creer (o afirmar, según él) que “existe” un “cielo” a la muerte física…y en algo tan simple como es separar la vida de la muerte. Los vivos cuentan lo que pasa aquí y ahora. Los muertos callan para siempre

Pero lo peor es que Alexander no habla del “cielo” como algo abstracto y vacío de contenido religioso sino que lo que acabas deduciendo de su experiencia es que estás ante un cura sin sotana soltando lastre de fe religiosa como el peor de los apologetas católicos. En su “best-seller” se pueden encontrar párrafos como los siguientes: Lo que me reveló mi experiencia es que la muerte del cuerpo y del cerebro no supone el fin de la conciencia, que la experiencia humana continúa más allá de la muerte. Hasta aquí todo parece ir por un sistema lógico aceptable hasta que remacha su aserción con una declaración propia de un devoto cristiano: Y lo que es más importante, lo hace (la conciencia) bajo la mirada de un Dios que nos ama a todos y hacia el que acaban confluyendo el universo y todos los seres que lo pueblan.

Pero todavía hay más en el morral teológico de Alexander. Dice el neurocirujano converso-sedicioso que Dios está presente en todos nosotros en todo momento. Omnisciente, omnipotente, personal…y fuente de amor incondicional. Todos estamos conectados como uno a través de nuestro divino enlace con Dios. Finalizando su plegaria con una dedicatoria final al “buen Dios”: Mi gratitud, especialmente para con Dios, carece de límites. 

Decididamente, Eben Alexander es de todo menos recomendable. A pesar de ello tampoco es del gusto de la rama más totalitaria de la Iglesia de Cristo como he leído por ahí a los fachas ultras del Opus Dei, puesto que Alexander no se sujeta a los postulados del aberrante dogma cristiano ya que (cito textual) es sincretismo neo-pagano propio de la Nueva Era. Alexander admite la reencarnación y eso son “cosas del demonio”. En fín,  los más integristas, la yihad de Cristo, no pasan una por alto.

Por eso me parece poco apropiado que el cardiólogo holandés Pim Van Lommel recomiende vivamente un libro como el de Alexander, La Prueba del Cielo, que está cargado de religiosidad aliñada con ciencia. Ni siquiera Alexander deja paso a la duda escéptica (bien entendida) en la que podría haber narrado sus experiencias dentro de un marco conceptual de lo que podría llamarse un “monismo neutro. Pero el neurocirujano de Harvard carga las tintas en los aspectos sobrenaturales de su experiencia algo que ha satisfecho plenamente a muchos creyentes en milagros bíblicos y ha dado motivos a los “escépticos” para despedazarlo. Convierte su ECM en un apéndice religioso y su libro en superventas. Yo recomendaría mejor el de la médico Penny Sartori, ECM o el mismo de Van Lommel Consciencia Más allá de la Vida.

Una cosa serían las “experiencias estructuradas” de las ECM que señala el neuropsiquiatra Peter Fenwick y otra muy distinta es que se pase directamente a elucubraciones “místicas” afirmando que ello (la ECM) implica que exista una causa (experiencia) asociada a un efecto (“llegada a un mundo paradisíaco –o infernal-“). No sólo no es así sino que eso sería dar pábulo a una explicación de tipo “paranormalista” que daría razones tanto a los crédulos en divinidades como a los “escépticos”-científicos ortodoxos para decir éstos que las ECM tienen un origen “anómalo” cuyo origen está en el cerebro.

Lo más certero es fijar los argumentos en otro sentido: decirles a los “escépticos” de las ECM que ellos sólo tienen “pruebas” (y endebles) para una parte de las mismas, pero son incapaces de encontrar explicaciones científicas para la totalidad de la experiencia. Lo importante de una ECM es testimoniar la narración tal cual…sin darle un significado de tipo trascendente (a pesar de su inevitabilidad). .

Las ECM no son sólo un conjunto de sucesos al azar sino que forman parte de acontecimientos altamente organizados y detallados, no sólo de la experiencia en sí, sino también en el total de personas que la experimentan, entorno social, credo religioso o ideario político, con la excepción de que la ECM puede tener un contenido positivo o negativo según experiencias personales y que, en según qué países, la ECM es mucho más “caótica” que la relatada en Occidente. Pero hay que señalar siempre lo mismo: una ECM no presupone nada que no sea aventurar que la conciencia pueda tener un vínculo no local, o lo que es lo mismo, que podría ser muy improbable que resida en el interior del cerebro.

Pero algunos siguen pensando que las ECMs se pueden colocar perfectamente a la altura de las tonterías (por ser suave) que hablan de lo “desconocido”: abducciones alienígenas, apariciones marianas, conspiraciones lunares, fenómenos ocultos, poderes psíquicos y poltergeists, donde todo ello, es conocido, constituye pasto para charlatanes que buscan engañar a ignorantes y sugestionables. Los que trafican con lo anterior así lo creen: las ECM entrarían en el mismo lote o envasado esotérico. Pero cuando la ciencia heterodoxa empieza a explicar las ECM desde los fundamentos de la razón y la epistemología automáticamente quedan deslegitimados tanto aquellos charlatanes como los propios pseudoescépticos.

Y es que dentro de la simplicidad de los militantes de la ciencia dogmática (revista Magufos) se sigue diciendo cosas como que El caso de Pam Reynolds (la mujer sobre la que mejor se ha detallado científicamente una ECM), es la insignia de los “paranormaleros” de oficio del que desafortunadamente se han hecho eco doctores como Spetzler (el cirujano que hizo la intervención sobre Reynolds) o Michael Sabom (cardiólogo). Todo lo que no pase por la biblia del cientifismo representa herejía y gente desnortada dando pábulo a creencias de “iluminados”. Recomendaría a todos estos catecumenistas de trinchera que se den una vuelta en la próxima entrada donde se detalla con precisión qué es lo que verdaderamente aconteció con Pam Reynolds. La diferencia entre ambas posturas, la fe religiosa y la fe cientifista, es que….vienen a ser lo mismo.

Entiendo, para que vaya quedando claro, que la conciencia, de subsistir ‘más allá’ de la muerte, no requiere de “experiencias” llevadas al extremo de convertirlas en creencias religiosas o fantasías, aunque sean legítimas y experimentadas como una forma de “espiritualidad verdadera”, entre otras cosas porque no se puede probar esa ulterioridad “cuasimisticista”. Es la experiencia en sí y punto lo que importa. La luz brillante en un túnel, encuentros con familiares fallecidos o con “seres de luz”, sensación de inefabilidad y amor infinitos pueden resultar representaciones agradables (o desagradables si se produce el efecto contrario). Pero todas ellas, no lo olvidemos, han sido relatadas en vida. Después de ella nada se sabe, ni se sabrá…

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