¿Sobrevive la conciencia ‘más allá’ del espacio y el tiempo? Una reflexión personal (2)

 

 

LA FÍSICA Y LA CONCIENCIA

 

La conciencia no es algo que a los científicos aferrados al materialismo cartesiano, en general, les guste hablar.  La conciencia no puedes verla o tocarla y, a pesar de los esfuerzos concertados de ciertos investigadores para determinarla, no se puede cuantificar. Y, en ciencia, si no puedes medir algo vas a tener problemas para explicarlo. Pero la conciencia existe y es uno de los aspectos más fundamentales que nos hace humanos. Al igual que la materia y energía oscuras se han utilizado para llenar algunos vacíos en el modelo estándar de la física, investigadores también han propuesto que es posible que la conciencia pase a formar parte de la materia. Lógicamente, estamos hablando de meras hipótesis. Lo cierto es que cada vez están apareciendo más científicos tratando de solventar el problema de la conciencia desde disciplinas no afines a la neurociencia.

Qué es la conciencia y de dónde emana es algo que ha “traído de cabeza” a las grandes mentes pensantes, tanto del mundo occidental como del oriental, desde los albores de la Humanidad. Es un tema que, volviendo al filósofo David Chalmers y su “problema duro o difícil” de la conciencia, resulta de una complejidad tal que se han desarrollado varias teorías al respecto. La materialista suele ser la prevalente entre los científicos, pero ello no quiere decir que sea la “correcta” y menos la definitiva. Según la visión materialista, la idea es que la conciencia emana de la materia a través de las conexiones neuronales sinápticas del cerebro. Pero como dicen algunos “saca el cerebro de un conjunto de ecuaciones y la conciencia no existe en absoluto”.

La tradición científica nos dice que los hombres de ciencia han sido y son incondicionalmente materialistas. Pero más de una vez han chocado, invariablemente, contra las limitaciones del materialismo. Uno de los saltos cualitativos fue el abismo que surgió entre la relatividad einsteinana y la mecánica cuántica o el mismo principio de incertidumbre de Werner Heisenberg, a primeros del siglo pasado. La mecánica clásica seguía operando correctamente a nivel macroscópico pero la física de lo más pequeño vino a establecer un nuevo paradigma que contradecía el dogma de que todo era “medible” dada la posición y trayectoria de una partícula. La indeterminación y superposición de múltiples posibilidades hizo acto de presencia.

El materialismo parecía ser la inexpugnable teoría que había desmantelado a su otro oponente ideológico, la supersticiosa creencia platónica del dualismo alma-cuerpo, abrazada tanto por las religiones organizadas como por otros movimientos espiritualistas. Así, en el dualismo metafísico la conciencia está separada de la materia y sería parte de otro aspecto del individuo, que en términos religiosos se denomina alma. Sin embargo, hay una tercera opción que está ganando terreno en algunos círculos científicos, el panpsiquismo, donde el universo entero estaría gobernado por la conciencia. Algunos le achacan a esta hipótesis que tenga ciertos paralelismos o reminiscencias con la filosofía hindú o budista (revisitando la Nueva Era) donde una gran Deidad y la Conciencia sería algo de lo que todos formamos parte.

¿Entonces si no hay conciencia no habría universo? Aquí habría que retomar un poco aquella idea de Robert Lanza acerca de la necesaria conexión entre conciencia y el Cosmos (pensamiento copiado, por otra parte, de la filosofía Zen):  “Si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para escucharlo, ¿se produce un sonido?”. Según Lanza no, ni hay sonido, ni, en su caso, tampoco habría árbol. Sin conciencia todo es una iusión creada por nuestras mentes. Sin un observador no hay una partícula con propiedades definidas.

Si la conciencia determina la realidad existente, lo que somos y lo que percibimos, filtrado e interpretado por nuestra mente….entonces, sin conciencia de ser nosotros mismos y de la realidad exterior ¿ese universo no existiría en absoluto o al menos no sin algún tipo de conciencia “observándolo”?. Parece redundante decir que “si no hay nadie para ver conscientemente el universo, ese universo no existe para nadie y, por tanto, no debería existir”. Aquí, algunos físicos heterodoxos hablarían de un campo de protoconsciencia. ¿Las dos propuestas (la científica “ortodoxa” y la protoconsciente) podrían encajar (por separado) en un mismo argumento válido?

Un planteamiento, el anterior y el de Lanza, que podría ser tildado de místico, mágico y sin base científica alguna puesto que, nos dicen los materialistas, haya o no un observador para escuchar ese sonido o el Cosmos en general, la naturaleza y el universo siguen su propio curso evolutivo independientemente de que haya un espectador consciente. Por ejemplo, la Tierra se formó sin necesidad de que nadie, aparentemente, la estuviera observando. Parece una prueba en contrario de una lógica aplastante ¿verdad?

Pero el de Lanza (y el párrafo que sigue) no es el argumento correcto, como tampoco lo sería el de los materialistas ortodoxos. El problema no está en buscar un observador concreto que escuche un sonido de un árbol que cae, sino en proponer, en su generalidad, que si la totalidad del universo es consciente la conciencia “debería” estar presente en todas y cada una de las partes de ese universo y en cualquier objeto físico que lo compone. Por tanto, ese árbol sí va caer y va a generar ruido, haya o no un “ser vivo” consciente observándolo y escuchándolo (que es lo que deduzco de la afirmación de Lanza).

La conciencia no es, si admitimos su origen no material, ni física ni biológica, no requiere de “elementos visuales o auditivos” para cerciorarse de que “un árbol cae y produce ruido”. La conciencia es (o sería) una propiedad eterna, inmaterial, de existencia independiente. Y si esa conciencia posee alguna forma de energía autoconsciente el universo, que es un “continuum cuántico”, también tendría conciencia de sí mismo. Como hipótesis de largo alcance filosófico podríamos formular lo siguiente: si no existiese una conciencia universal entonces, sí, no habría universo, ni vida, ni por supuesto árboles frutales (iron.).

Veamos un ejemplo que conecta con lo anterior. La vida en la Tierra, según las teorías más ampiamente difundidas, vino “de fuera” a través de sucesivos impactos de cometas y asteroides contra nuestro planeta, los cuales, según diversas hipótesis, contendrían la base primordial que dio origen a la vida en la Tierra, es decir, moléculas de agua que luego se transformaron en complejas reacciones químicas. Si el agua es vida, también sería una forma de conciencia. Por tanto cabría afirmar, aquí sin reservas, que el universo está sincronizado exactamente para la existencia de nosotros, los seres conscientes.

Pero ¿qué ocurre en las entrañas de la mecánica cuántica? ¿tiene qué ver algo la conciencia? Sabemos que las partículas no tienen una forma definida o una ubicación específica hasta que se observan o se miden. En las teorías de Newton y Einstein sus postulados funcionan correctamente cuando explican el mundo en sus dimensiones macrocósmicas, pero se fracturan totalmente cuando llegamos al mundo de las partículas subatómicas. Según la teoría de EInstein, a diferencia del modelo de Copenhague (física cuántica), el espacio-tiempo es relativo pero independiente de cualquier observador. La conciencia y la medición son relativos, sin ninguna trascendencia temporal. En cambio, en la física cuántica la conciencia y el acto de observar y medir constituyen un marco referencial independiente que determinan el colapso de la función de onda.

Algunos se preguntan ¿entraría en juego una forma de conciencia o de proto-conciencia a la que incluso Max Planck, el padre de la MC dio una importancia esencial? El físico John A. Wheeler, citado varias veces por Robert Lanza en su libro Biocentrismo, puso la primera piedra de toque en todo este asunto a través del llamado por él “principio antrópico participativo”, que postula que un observador humano es la clave en todo el proceso de la protoconsciencia, es decir, “nada existe sin una conciencia para aprehenderla”. Mientras, la física Danah Zohar, en base al comportamiento cuántico de la materia, ha llegado a la conclusión de que la conciencia funciona con arreglo a las leyes de la mecánica cuántica.

Pero no sólo de físicos o matemáticos se nutren los fundamentos del panpsiquismo protoconsciente. Hay neurocientíficos como Christof Koch que son partidarios de este modelo que determina que la conciencia es el eje de la existencia de uno mismo y del universo. Koch dice que “los mismos organismos biológicos son conscientes porque cuando se acercan a una nueva situación pueden cambiar su comportamiento para moverse desde esta perspectiva”. Un ejemplo que me viene a la cabeza, simple, sería el de un ser vivo (el que sea) que tiene conciencia de que a su alrededor existen potenciales peligros o presas a las que atrapar y actuaría conscientemente según su instinto de supervivencia.

El físico británico Sir Roger Penrose sería otro partidario del panpsiquismo, pero con matices y a su manera. Penrose ya propuso, junto con el profesor emérito de anestesiología Stuart Hameroff, una teoría de que la conciencia estaría presente a nivel cuántico en las sinapsis del cerebro (llamada Reducción objetiva orquestada). Pero Penrose no quiere etiquetas a su nombre del tipo “panpsiquista”. En su opinión, “las leyes de la física producen sistemas complejos y estos sistemas complejos conducen a la conciencia la cual daría paso al desarrollo de campos del conocimiento como, por ejemplo, las matemáticas”

Físicos teóricos como Bernard Haisch, en 2006, sugirieron que la conciencia se produce y se transmite a través del vacío cuántico, o espacio vacío, de modo que cualquier sistema físico que tenga suficiente complejidad y cree un cierto nivel de energía, podría generar o transmitir conciencia. Otros, como el físico Gregory Matloff, van más lejos y han abordado la astrofísica para estudiar el comportamiento, supuestamente consciente, de algunas estrellas. Matloff y otro colega suyo alemán examinaron la llamada Discontinuidad de Parenago que consiste en que las estrellas más frías, como nuestro propio Sol, giran alrededor del centro de la Vía Láctea más rápido que las más calientes. La explicación de la ciencia ortodoxa nos dice que tal fenómeno es debido a las interacciones de esas estrellas frías con las nubes de gas. Matloff, sin embargo, tiene una visión diferente, la cual fue publicada en el Journal of Consciousness Exploration and Research.

A diferencia de sus hermanas más calientes, dice Matloff, las estrellas más frías pueden moverse más rápido debido a la emisión de un chorro de energía unidireccional. Dichas estrellas emiten siempre un chorro al comienzo de su nacimiento. Matloff sugiere que esto podría ser un indicador de que la estrella está automanipulándose conscientemente para ganar velocidad. Los datos de observación muestran un patrón confiable en cualquier lugar donde se observe la discontinuidad de Parenago. Si se tratara de una interactuación con nubes de gas, como predice la teoría actual, cada nube debería tener una composición química diferente y, por tanto, haría que la estrella funcionara de manera diferente. Entonces, ¿por qué todas ellas están actuando exactamente de la misma manera?

Las aportaciones teóricas para ir arrinconando al exclusivista materialismo dominante (y también al dualismo trascendente) no dejan de aparecer. Aunque algunos persisten en la idea de encontrar alguna fuente materialista de la conciencia. Como es el caso del neurocientífico y psiquiatra Giulio Tononi, de la Universidad de Wisconsin-Madison, para quien podría existir lo que él llama, una “teoría integrada de la información, donde la conciencia sería una manifestación con una ubicación física real, situada en algún lugar del universo, sólo que no la hemos encontrado todavía. Un físico del prestigioso MIT (Massachussets Institute of Technology), en Boston, Max Tegmark va en la misma línea, o más exactamente tomando el mismo discurso, y propone que existe un estado de la materia por el que los átomos se organizan para procesar información, la cual daría paso a la subjetividad y de aquí se trasladaría a la conciencia. Lo que se dice abandonar la ortodoxia a machas forzadas.

La propuesta de Tononi sería algo así como una versión modificada, a la inversa, de la teoría de Pim Van Lommel sobre la conciencia ilocalizable fuera del espacio y el tiempo. Sólo que en el caso de Tononi esa conciencia sí tendría un lugar concreto en el espacio-tiempo de nuestro universo y no fuera de él. Me parece, de todas formas, mucho más coherente, convincente y escéptica la idea del holandés (la improbabilidad infinita de localizar esa conciencia)  que el hecho de pensar que pueda existir un cuerpo celestial físico irradiando conciencia del mismo modo nuestro Sol emite luz y calor.

El modelo materialista de la ciencia “oficial” se basa, fundamentalmente, en el viejo paradigma de la mecánica clásica newtoniana y es, como mínimo, defectuoso, en el mejor de los casos, Conceptos materialistas convencionales de la realidad como son localidad, causalidad, continuidad o determinismo se utilizan como un dogma inquebrantable, mientras que el componente fundamental de la existencia -la naturaleza de la conciencia- se ignora intencionalmente a pesar de que precursores de la mecánica cuántica como Max Planck creyeron firmemente que la conciencia jugaba un papel significativo en la configuración de la realidad.

Las principales teorías materialistas de la conciencia utilizan la mecánica clásica para asumir que la conciencia surgió y se produce a partir de un conjunto de acciones combinadas neuronales dentro del cerebro, esto es, se centran en la complejidad sináptica computacional que se produce en el cerebro que es la que permite la comunicación entre las neuronas. Sin embargo, autores científicos de contrastada solvencia como Penrose-Hameroff y otros ya han dado un sonoro bofetón a la “conciencia materialista” con el descubrimiento de vibraciones cuánticas en los microtúbulos del cerebro.

La conciencia generada por la materia física cerebral se puede decir que empieza a ser un mito cientifista en franca decadencia.

 

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