Herejes en la ciencia (y 3): Roger Penrose-Stuart Hameroff, física cuántica aplicada a la conciencia

 

 

Ya se habló en la anterior entrada de que el “problema” de cómo «la conciencia inmaterial» emerge de la «materia cerebral» no puede ser resuelto por la ciencia ya que ésta se ocupa de procesos físicos materiales y éstos no pueden tener “conciencia” subjetiva. Van Lommel lo deja bien claro A pesar de proporcionar pruebas para el papel de las redes neuronales como un intermediario para la manifestación de los pensamientos (correlatos neuronales), los estudios de neuroimagen no implican necesariamente que esas células también produzcan los pensamientos. ¿Cómo nuestro cerebro puede “producir” la conciencia, si sólo está compuesto de átomos y moléculas en unas células con una gran cantidad de procesos químicos y eléctricos?

A pesar de que Van Lommel afirma que para entender el problema de la conciencia en las ECM’s tenemos que salir del marco científico materialista actual, Stuart Hameroff (Profesor emérito en la Universidad de Arizona) y el renombrado Roger Penrose (matemático de la Universidad de Oxford) proponen no salirse del todo de él integrando de alguna forma la conciencia y la física cuántica. Para entender qué es la física cuántica de forma simple respecto de la física clásica valga el siguiente ejemplo: en la física clásica se pueden predecir tanto las posiciones como las velocidades de los objetos, mientras que en la física cúantica no se puede predecir ni lo uno ni lo otro en el área que se ocupa, el estudio de las partículas subatómicas, ya que es el observador quién determina el comportamiento de las mismas.

Ampliando el anterior ejemplo, en física cuántica, siguiendo a Hameroff, la explicación de los fenómenos físicos a nivel de partículas elementales parecen….(y son) inexplicables Por ejemplo las partículas pueden estar en dos lugares o estados al mismo tiempo. Pueden no sólo estar aquí o allá, sino que pueden estar aquí y allá simultáneamente. Eso es lo que se llama en física cuántica superposición; las cosas pueden estar en lugares múltiples o actuar como ondas, difundidas como probabilidades más que ser partículas definidas con ubicaciones o trayectorias. Algunos físicos cuánticos dicen que cuando un sistema cuántico no es conscientemente observado o medido permanece en superposición de múltiples posibilidades, múltiples estados coexistentes. Y una vez que es medido, la onda de probabilidad cuántica colapsa o se reduce instantáneamente a un estado

¿Cuál es la propuesta de Hameroff-Penrose para el origen de la conciencia? Resulta, todo hay que decirlo, endiabladamente compleja y verdaderamente difícil de entender. Los autores lo refieren de la siguiente manera: La naturaleza de la conciencia, el mecanismo por el cual se desarrolla en el cerebro, y el lugar que ocupa en el universo son desconocidos. Propusimos a mediados de 1990 que la conciencia depende de procesos cuánticos coherentes biológicamente “orquestados” en colecciones de microtúbulos (componentes principales del esqueleto estructural de la célula) dentro de las neuronas cerebrales y que estos procesos cuánticos correlacionan y regulan la actividad neuronal sináptica. Esta actividad orquestada sugiere que existe una conexión entre los procesos biomoleculares del cerebro y la estructura básica del universo. En definitiva, la conciencia desempeñaría un papel intrínseco en todo el universo.

La teoría de la Reducción objetiva orquestada desarrollada fundamentalmente por Roger Penrose, tomando como base los procesos de superposición cuántica antes señalados, dice que una superposición cuántica podía realmente ser colapsada a un estado único definido a través de observación consciente pero, ¿qué pasa con un sistema que no es jamás observable desde afuera? ¿Qué pasa con la actividad cuántica dentro del cerebro humano? Roger Penrose argumenta que no es necesaria la presencia del observador para que la función de onda colapse en el entorno no observable del interior del cerebro.

Penrose argumenta que, en este último supuesto, la conciencia no causa el colapso de la función onda como dice la interpretación de Copenhague, sino que la conciencia es en sí el colapso de la función onda, o al menos un tipo especial de colapso. En la reducción objetiva orquestada, no siempre necesitas un observador externo. Si un sistema cuántico evoluciona a un umbral crítico que implique curvatura gravitacional a una escala cuántica se auto colapsará. Hay una reducción natural objetiva de una función de onda cuántica que resulta de un momento único de conciencia, o de un único “quantum” de conciencia,

A Hameroff le plantean una cuestión extremadamente interesante: Si la conciencia está surgiendo como una cierta frecuencia de colapsos cuánticos en el cerebro, entonces su modelo podría ser considerado materialista, ¿correcto? ¿Es la conciencia un subproducto de la actividad cerebral, empujado al nivel de lo que usted ha llamado espacio tiempo cuántico? A lo que Hameroff responde que Materia se deriva de algo más fundamental, que es la geometría cuántica espacio tiempo. Así es que esto estaría muy por debajo de la escala de la materia. La base de lo material es…inmaterial. Esto necesita una aclaración ya que al situar la conciencia fuera del espacio-tiempo se introduce de contrabando filosofía de corte trascendentalista en su última afirmación.

La explicación de Hameroff es que ninguna filosofía (la dualista, la materialista o la idealista) resuelve el problema de la conciencia sino que habría que ir a lo que él llama “monismo neutral” cuya base teórica dice que existe una entidad subyacente común que hace que surja, por un lado la materia y por otro la mente. En nuestro modelo esa entidad subyacente que hace que surjan ambas es la geometría cuántica del espacio tiempo. En las tradiciones Védicas podría llamarse Brahman, el fundamento subyacente del ser. Lo puede llamar como quiera – espíritu, cosmos, gravedad cuántica- lo que sea que posibilita que surja tanto la mente como la materia y subyace a toda la realidad.

Aquí sobresale claramente la idea de un concepto espiritual ¿con trasfondo religioso light? que Hameroff lo interpreta a su manera con una afirmación que alguno pensaría que es para echarse a temblar: tenemos que tomar en serio la posibilidad científica de la espiritualidad. No obstante, Hameroff señala qué es lo que él entiende por espiritualidad (religión no organizada) en base a tres argumentos. Primero, sería la interconexión entre los seres vivos y el universo como un todo posiblemente debido al fenómeno del entrelazamiento cuántico, que se refiere a la habilidad de dos partículas para estar íntimamente conectadas más allá de sus limitaciones normales de espacio y tiempo. En segundo lugar habría un cierto tipo de guía divina o sabiduría cósmica que influye en nuestras elecciones, lo cual podría deberse a los valores platónicos incorporados en la geometría espacio tiempo fundamental. Y, finalmente, existiría la posibilidad de que la conciencia permaneciera fuera del cuerpo después de la muerte.

Las tres propuestas son originales pero, en particular, la segunda es, como mínimo, discutible. Divinidad y platonismo no casan con una teoría basada en la física cuántica a pesar de que haya intentos baldíos por parte de muchos gurús mistéricos tratando de conciliar ciencia con espiritualidad, al menos tal como esta última se entiende hoy en día (con su abigarrado repertorio religioso de Nueva Era, sobrenaturalismo y esoterismo). Lo de sabidurías divinas y seres de luz que te señalan el camino a seguir (en vida y más allá de esta) me parece fuera de lugar y un tanto extravagante.

 

 

Si, como dice Hameroff, podría existir un cierto tipo de guía divina o sabiduría cósmica que influye en nuestras elecciones, me pregunto qué clase de sabiduría divina sería esa para hacer obrar a unos bien y a otros mal. La conciencia, aquí y ahora, debería ser libre y estar fuera de todo este argumentario “místico”. El ser humano debería ser considerado exclusivamente un sujeto cuya capacidad electiva para nada dependería de otras “entidades supremas” incognoscibles sino como resultado de su propio proceso biológico evolutivo.

Por ejemplo, haciendo una analogía lejana con lo anterior, dentro de las ECM también existen (aunque en menor proporción) los aspectos “negativos” de las mismas (que se han dado incluso entre niños) lo cual no deja de contradecir a las propias ECM que son ejemplificadas por quienes las experimentan, normalmente, como una forma de “transición” a un idílico “más allá”. ECM que, como ya se ha dicho, ni siquiera se producen en todas las personas ante idénticas situaciones (límite), ya que muchos de los que pasaron por un “estrés traumático” no recordaron haber experimentado absolutamente ningún evento de los señalados en las ECM. Entonces, en función de lo reseñado, si la conciencia sobrevive a la muerte física se podría plantear, en términos filosóficos, lo siguiente: ¿tal vez podría existir una conciencia neutra ilocalizable que nada tendría que ver con los episodios “místicos” que se experimentan con las ECM?

Retomando el tercer postulado de Hameroff, la supervivencia de la conciencia después de la muerte, aquélla se insertaría en la teoría de la Reducción Objetiva Orquestada de la siguiente manera: bajo condiciones normales la conciencia está ocurriendo a nivel de la geometría espacio tiempo dentro y alrededor de los microtúbulos en el cerebro. Sin embargo, cuando la sangre y el oxígeno dejan de fluir la coherencia cuántica en los microtúbulos del cerebro se detiene pero la información cuántica que hay no se destruye. Continúa existiendo a escala Planck y puede filtrarse o dispersarse, permaneciendo entrelazada en un cierto patrón, al menos temporalmente.

Por tanto, prosigue Hameroff, si un paciente es revivido, el patrón cuántico regresa a los microtúbulos dentro del cerebro y el paciente reporta haber tenido una experiencia cercana a la muerte o manifiesta haber estado fuera de su cuerpo. Si un paciente muere realmente, entonces es concebible que la información cuántica pueda permanecer entrelazada en una suerte de estado de después de la vida y tal vez la información pueda regresar a una nueva entidad, un cigoto o un embrión, en cuyo caso tendríamos algo así como la reencarnación.

Lógicamente, advierte Hameroff no estoy ofreciendo ninguna prueba de que esto suceda, estoy solamente proveyendo un argumento plausible. Estoy diciendo que si esto ocurre se fundamentaría en nuestro modelo. Es científicamente plausible que si la conciencia es un efecto cuántico ocurriendo en la geometría espacio-tiempo cualquier patrón de conciencia no se va, porque la información cuántica no se va, sólo se reorganiza a sí misma dentro de la geometría espacio-tiempo. Finalmente, Hameroff sentencia que si la hipótesis de la conciencia cuántica es demostrada, dará crédito a la dimensión espiritual de la vida. Socavará a los materialistas. Pienso que le dará mucha esperanza a la gente. Socavará a los materialistas dogmáticos pero no al materialismo, que es parte fundamental de la propia existencia del universo, habría que matizar.

Pero…¿tiene algún soporte experimental probatorio la teoría de Hameroff-Penrose? Parece ser que sí ya que hace tres años un equipo de investigadores dirigido por Anirban Bandyopadhyay, del Instituto Nacional de Ciencias de los Materiales en Tsukuba, Japón, descubrió la presencia de vibraciones cuánticas en los “microtúbulos” dentro de las neuronas cerebrales, lo que corroboraría la teoría de la Reducción Objetiva orquestada que, cómo no, cabe recordar fue  duramente criticada desde sus inicios por científicos escépticos, ya que el cerebro, decían los ortodoxos, era considerado demasiado “cálido, húmedo y ruidoso” para que produjera procesos cuánticos aparentemente muy sensibles. Sin embargo, dice Hameroff la evidencia ha demostrado ahora que la coherencia cuántica existe en la fotosíntesis de las plantas, en el cerebro del pájaro para orientarse en la navegación, en nuestro sentido del olfato y en los microtúbulos cerebrales, aunque se necesitan más replicaciones experimentales para conformar pruebas más sólidas.

Hay demasiadas incógnitas a resolver (probablemente muchas de ellas irresolubles), pero ello no implica que se tenga que hablar de algo paranormal, sobrenatural o pseudociencia para buscar respuestas científicas o filosóficas sobre la no (posible) relación entre la conciencia y el cerebro. Otra cuestión diferente es que del fenómeno de las ECM y de la problemática de la conciencia, en general, se hayan hecho eco personajes estrambóticos de la Nueva Era u otras religiones para dar una visión que se acomode a sus creencias misticistas.

El problema de la conciencia, con las teorías de Robert Lanza, Pim Van Lommel, Stuart Hameroff y Robert Penrose, supone abandonar viejos prejuicios conceptuales reduccionistas y explorar otros campos que podrían quebrar (o más exactamente modificar) los fundamentos de lo hasta ahora conocido y cambiar para siempre la concepción sobre nuestra existencia en el Cosmos.

En la ruleta de la vida es imposible apostar por lo que pueda acontecer (o no) “más allá de la muerte”. Las posibilidades son sólo dos: o que no exista nada o que, a la luz de las teorías antes señaladas, pudiera sobrevivir nuestra conciencia en un universo o multiverso donde no existan límites espaciales ni temporales y tampoco ningún tipo de anclaje trascendentalista de tipo “espiritual o religioso”.

En definitiva, el problema de la conciencia sólo se puede abordar, hoy día, utilizando aquella máxima del filósofo renacentista escéptico Francisco Sánchez: ”Nada se sabe”.

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