Rusofobia: síntoma del hundimiento de EE.UU.

RUSSOPHOBIA: Symptom of US Implosion

Finian Cunningham | Sábado, 25 de marzo de 2017, 10:26 Beijing

Hubo un tiempo en que la rusofobia sirvió como una forma eficaz de control de la población que fue utilizada por la clase dominante estadounidense, en particular, para invocar lealtad patriótica a la población de EE.UU. Aquello formaba parte del pasado. Ahora, la rusofobia es un signo de debilidad, de implosión desesperada de la clase dominante de Estados Unidos, de su propia y pútrida corrupción interna.

Esta técnica de propaganda funcionó adecuadamente bien durante las décadas de la Guerra Fría, cuando la ex Unión Soviética podía ser fácilmente demonizada como el país del «comunismo ateo» y un «imperio maligno». Esos estereotipos, por falsos que fueran, podían sostenerse en gran medida gracias al control hegemónico de los medios occidentales por parte de gobiernos y diversos organismos institucionales. La Unión Soviética feneció hace más de un cuarto de siglo, pero la rusofobia entre la clase política de Estados Unidos es más virulenta que nunca.

Esta semana se ha dejado caer en las audiencias del Congreso en Washington la supuesta injerencia de Rusia en la política interna de EE.UU. donde grandes sectores del gobierno estadounidense y medios de comunicación afines, obsesionados por su rusofobia, han propagado la creencia de que Rusia es, nuevamente, el maligno adversario de siempre. Sin embargo, el poder para promover la técnica de propaganda “rusófoba” sobre la población parece haber disminuido de forma considerable desde que llegó a su máximo apogeo en la guerra fría. Esto se debe en parte a que las comunicaciones globales, más diversas y no controladas, desafían el monopolio occidental para controlar la narración y la percepción de la realidad política. La rusofobia contemporánea, mediante la satanización del presidente ruso Vladimir Putin o las fuerzas militares rusas, ya no tiene la misma eficacia para asustar al público occidental.

De hecho, debido a la mayor diversidad en las fuentes mundiales de información es justo afirmar que el retrato “oficial” que ha hecho Occidente de Rusia como enemigo, por ejemplo, supuestamente a punto de invadir Europa o el hecho de interferir, presuntamente, en la política electoral de determinados países, se ha topado con un saludable escepticismo por parte de la población que lo ha considerado como algo ridículo. Lo que es cada vez más evidente es el enorme abismo entre la clase política y el pueblo en general sobre la cuestión de la rusofobia. Esto es cierto para los países occidentales en general, pero especialmente para los EE.UU. La clase política -los legisladores de Washington y los principales medios de comunicación- andan frenéticos afirmando que Rusia interfirió en las elecciones presidenciales de Estados Unidos y que Rusia tiene algún tipo de influencia siniestra en la presidencia de Donald Trump.

Pero este frenesí de rusofobia no se refleja en un amplio sector de ciudadanos estadounidenses corrientes. Las acusaciones enrabietadas de que Rusia hackeó las computadoras de la rival demócrata de Trump, Hillary Clinton, para difundir información perjudicial sobre ella diciendo que este supuesto sabotaje de la democracia americana era un «acto de guerra» o que el presidente Trump es culpable de «traición» por «colusión» al haber realizado una «campaña bajo la influencia rusa», no son nada más que afirmaciones sensacionalistas que sólo pueden preocupar a las élites de una clase política privilegiada. La mayoría de los estadounidenses normales y corrientes sólo están preocupados por ganarse la vida en una sociedad que se desmorona, ni tampoco tienen ganas de dejarse “sobornar” por esas alegaciones, viéndolas, simplemente, como una cháchara inútil.

El portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov, descartó esta semana las afirmaciones hechas en las audiencias del Congreso de EEUU sobre la supuesta interferencia rusa en la política estadounidense. Acertadamente, Peskov dijo que los legisladores estadounidenses y los medios corporativos se han “enredado” en sus propias invenciones. “Están tratando de encontrar evidencia para las conclusiones que ya han hecho”, dijo Peskov.

Otra imagen pertinente acerca de la creciente rusofobia es que la clase política de Estados Unidos está “peleando” contra enemigos imaginarios, en expresión coloquial “la pescadilla que muerde la cola”,o tal vez es que estén huyendo de su propia sombra. Parece haber una especie de actitud mental delirante colectiva. Son incapaces de aceptar la realidad de que la estructura de gobierno de los EE.UU. ha perdido la legitimidad a los ojos de la gente, que el pueblo se rebeló eligiendo a un empresario “desconocido” convertido en político, Donald Trump, que ha provocado el colapso de la política tradicional estadounidense. La atrofia de la economía capitalista, que lleva en bancarrota varias décadas, ha servido para que la clase política dominante haya fabricado la excusa para su propia desaparición culpando de todo ello a Rusia.

La clase dominante estadounidense no puede aceptar ni aceptar el hecho de un fracaso sistémico en su propio sistema político. La elección de Trump es un síntoma de este fracaso y de la desilusión generalizada entre los votantes que ha llevado a la ruina de los dos partidos tradicionales: los republicanos y los demócratas. Por eso, el fantasma de la injerencia rusa en el sistema político estadounidense tuvo que ser evocado, por necesidad, como una forma de «explicar» el fracaso abyecto y la consiguiente, vamos a llamarle, revuelta popular. La rusofobia fue rehabilitada y sacada del armario de la Guerra Fría por el establishment político estadounidense como arma de distracción del flagrante desplome interno de la política estadounidense.

La corrosión, la autodestrucción parece no tener límites. James Comey, el jefe de la Oficina Federal de Investigaciones (el FBI), dijo al Congreso esta semana que la Casa Blanca está siendo investigada por contactos ilícitos con Rusia. Este aviso dramático propuesto por Comey fue recibido con la aprobación general por parte de los opositores políticos a la administración Trump, así como por los mass-media de EEUU. El New York Times dijo que el FBI estaba llevando a cabo una “investigación criminal a las puertas de la Casa Blanca”, mientras que otros medios de comunicación están abiertamente discutiendo sobre la probabilidad de que el Presidente Trump sea destituido de su cargo.

La atmósfera política venenosa, a cuenta de la rusofobia, en Washington no tiene precedentes. El gobierno de Trump está siendo dañado en cada actividad que desarrolla, todo ello bajo una nube tóxica de sospecha de que es culpable de traición por conspirar con Rusia. El presidente Trump se ha enfrentado con los republicanos en el Congreso por sus reformas sanitarias ya que muchos republicanos prefieren hablar antes sobre la “investigación” rusa que dedicarse a las cuestiones caseras.

Cuando se informó de que el secretario de Estado de Trump, Rex Tillerson, iba a evitar presentarse en una cumbre de la OTAN el próximo mes, pero en cambio planeaba visitar Moscú a finales de ese mismo mes, ese cambio de itinerario fue interpretado como una señal de influencia rusa. Lo que hace que el espectáculo de luchas internas políticas no tenga precedente es que hay tan poca evidencia como respaldo a las acusaciones de la “colusión” Trump-Rusia. Esas acusaciones se basan, principalmente, en insinuaciones y filtraciones anónimas a los medios de comunicación, que luego se reciclan como «evidencias».

Devin Nunes, un republicano de alto rango en el Comité de Inteligencia de la Cámara, dijo a principios de esta semana que no ha visto ninguna evidencia entre los documentos clasificados que indiquen cualquier connivencia entre el equipo de campaña de Trump y el gobierno ruso. Incluso ex altos funcionarios de inteligencia como James Clapper y Michael Morell, que no son amigos de Trump, han admitido últimamente en entrevistas a los medios que no hay tal evidencia.

Sin embargo, el jefe del FBI, James Comey, dijo al Congreso que su agencia estaba llevando a cabo una investigación potencialmente criminal contra el gobierno Trump, mientras que al mismo tiempo no confirmaba ni negaba la existencia de ninguna evidencia. Y, como ya se ha señalado, esta declaración de intrusión rusa en la Casa Blanca impulsada por Comey fue recibida con gran aceptación por los opositores políticos a Trump, tanto en el Capitolio como en los medios corporativos.

Pero supongamos, por un momento, que toda la historia de colusión entre Trump y Rusia es falsa. Que no tiene fundamento, que es una ficción imaginada. Desde luego, hay razones sólidas para creer que es el caso. Pero vamos a suponer aquí que es falso por el bien de la discusión. Eso significa que el gobierno de Washington y la presidencia de Estados Unidos se están desgarrando en una fútil guerra civil. Pero la verdadera guerra aquí es una lucha de poder dentro de los Estados Unidos en el contexto de los dos partidos tradicionales de EEUU, que ya no tienen legitimidad para gobernar.

Esto es una implosión americana. Una fusión histórica Made-in-America. Y la rusofobia no es sino un síntoma de la decadencia interna en el corazón de la política estadounidense.

TRADUCCIÓN FINIAN CUNNINGHAM: BERLINCONFIDENCIAL

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s