OPERACIÓN GLADIO: EEUU organizó la mayor red terrorista de la historia a través de la CIA, los nazis, la mafia, el narcotráfico y el Vaticano (6)

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DINERO, ASESINATOS Y MAFIA. LA ESENCIA IDEOLÓGICA DEL VATICANO. OTRO LIBRO DE PAUL WILLIAMS IMPRESCINDIBLE.

El atentado contra el Papa Juan Pablo II, en 1981, fue una falsa bandera organizada por la CIA, la logia masónica P2 y las altas esferas vaticanas, quienes fabricaron pruebas falsas para incriminar a la Unión Soviética mediante la creación de una “pista búlgara”, en el marco de la “guerra fría anticomunista”

CAPÍTULO 16: EL ATENTADO CONTRA EL PAPA JUAN PABLO II EN LA PLAZA DE SAN PEDRO

Para abrir boca sobre esta enésima falsa bandera ocurrida en las postrimerías de la “guerra fría”, es decir, el fallido atentado contra el Papa polaco Karol Wojtyla (alias Juan Pablo II) ocurrido en la Plaza de San Pedro de Roma el 13 de mayo de 1981, Paul Williams nos pone en antecedentes sobre la pista de otro no menos turbio personaje. Se trata de un agente de la CIA que fue conocido como el “fantasma rubio”, de nombre Theodore Shackley, a quien Williams retrata como “uno de los más infames agentes de la CIA” con un curriculum criminal de asesino de masas que para sí hubiera querido Jack el Destripador. Shackley, dice Williams, ayudó a establecer el tráfico de heroína en el Sudeste de Asia durante la guerra de Vietnam y había supervisado la Operación Fénix, que supuso la muerte de 40.000 vietnamitas civiles “sospechosos” de colaborar con el VietCong. En América del Sur, tomó parte activa en la Operación Cóndor, organizando escuadrones de la muerte para exterminar a la izquierda latinoamericana. En Chile, por ejemplo, se asoció con el conocido terrorista de Gladio Stefano Delle Chiaie para intentar el asesinato del presidente chileno Salvador Allende.

En 1976, prosigue Williams, Shackley se convirtió en subdirector de la CIA para las operaciones encubiertas en todo el mundo, en particular, para ocultar la participación de la Agencia en el tráfico de drogas y su colaboración con los traficantes de armas. Igualmente, Shackley formó parte del llamado Safari Club, una alianza de inteligencia impulsada por el genocida ex Secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, cuya función primordial era la creación de grupos terroristas en todo el mundo para servir, lógicamente, a los intereses, del imperio: desde la RENAMO en Mozambique, hasta UNITA en Angola, pasando por los Contras en Nicaragua o los “mujaidines” de Bin Laden en Afganistán

¿Qué pinta, entonces, Shackley en el atentado contra Juan Pablo II en la plaza de San Pedro, en 1981? Veamos algunos hechos que marcarán la tramoya final de la Plaza de San Pedro. Antes de ser una pieza esencial en el acoso y derribo del Este Socialista, el Papa polaco, además de convertirse en el mecenas ideológico (y monetario) del sindicato polaco, católico y anticomunista, Solidaridad (creado expresamente por la CIA para luchar contra el gobierno socialista de Jaruzelsky), parece ser que tendió puentes con la URSS para evitar que Moscú interviniese militarmente en Polonia, dada la situación involutiva permanente (agitada desde el exterior) que estaba aconteciendo en aquel país, con el mismo “modus operandi” de otros procesos anteriores ocurridos en la RDA, en 1953, en Hungría, en 1956 y en Checoslovaquia, en 1968. Así lo señala Williams: Juan Pablo II estaba comprometido en conversaciones con el Kremlin para lograr un acercamiento político entre los dirigentes soviéticos y el sindicato Solidaridad. Como arzobispo de Cracovia se había relacionado con los líderes comunistas de forma pragmática. Se dio cuenta de que los soviéticos ateos y los católicos devotos polacos podían vivir juntos bajo el mismo techo algo que violaría la confianza de la Administración Reagan, socavando la victoria anticipada de la CIA en la guerra fría. Para colmo, el Santo Padre estaba negociando con el Kremlin sobre otros asuntos, entre ellos un acuerdo para el desarme nuclear y el reconocimiento de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina). Wojtyla había entrado en una arena política donde su presencia no era garantía de nada y, por descontado, tampoco era bienvenida.

Para frenar esas ansias, indeseadas, de protagonismo papal deslizándose peligrosamente fuera de los objetivos de EEUU y la trama Gladio, se ideó un plan de intento de asesinato contra Juan Pablo II. El complot y su fallida ejecución se realizó a cargo de la CIA utilizando a la red Gladio. La estrategia posterior sería atribuir el asesinato del Pontífice a la Unión Soviética a través de la que luego fue propagada mediáticamente como (falsa) “pista búlgara”. Según Williams El plan implicó una multitud de colaboradores de la CIA, entre ellos la periodista Claire Sterling; Paul Henze, el jefe de la estación de la CIA en Ankara, Michael Ledeen, consultor del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos; el Padre Félix Morlion del movimiento derechista Pro-Deo; Francesco Pazienza, un informante de la CIA y oficial SISMI que ayudó a diseñar el atentado de Bolonia y Frank Terpil, un agente de la CIA que había sido asignado para trabajar con la organización terrorista turca Lobos Grises. También, como parte importante del plan, estuvo el general Santovito quien se encargaría de todos los aspectos de la investigación, así como dar cobertura a los conspiradores y cobijo al asesino. Como jefe de la inteligencia militar y comandante de las unidades del Gladio italiano, Santovito, era el más indicado.

Entonces es cuando aparece el siniestro Shackley, “el fantasma rubio”, quien junto a Santovito trabajaron con Francesco Pazienza, el segundo que estaba al mando en el SISMI (la inteligencia militar italiana) y el Padre Félix Morlion, fraile dominico y ex espía del OSS (la antecesora de la CIA), en el desarrollo de la “tesis búlgara,” un escenario falso para endosar la culpa de la muerte de Juan Pablo II encima de los soviéticos. El chivo expiatorio a elegir en el bulo construido sobre la “pista búlgara”, según Williams, fue Sergei Ivanov Antonov, un búlgaro que trabajaba en Roma para Balkan Airlines, la línea aérea de Bulgaria. Antonov constantemente viajaba de ida y vuelta desde Bulgaria, por lo que podría ser presentado como un agente para el Comité para la Seguridad del Estado de Bulgaria (CSS), que habría sido encargado por el director de la KGB, Yuri Andropov, para matar al Santo Padre. Tan pronto como se puso en marcha la investigación sobre el intento de homicidio, el equipo de asesores políticos de la CIA, incluyendo Claire Sterling, Michael Ledeen, y Paul Henze, empezaron a poner en marcha la conexión entre Antonov, el CSS, y el Kremlin.

Quedaba el otro cabeza de…turco, el más importante, el ejecutor. Y fue precisamente un turco (o turcos) al que contrataron como asesino (o asesinos) a sueldo: Alí Agca. Lo describe perfectamente Williams: Agca era un asesino experimentado, que ya había arrojado su odio a Juan Pablo II, pero también un islamista y visionario radical de la “gran pan-Turquía”, que anhelaba el regreso del Imperio Otomano. A principios de abril de 1981, Abuzer Uðurlu (líder de la organización terrorista turca Lobos Grises, vinculada con la CIA) recibió la noticia de Gladio: Hay que matar al Papa y culpar a los comunistas. El mensaje llegó con un pago de 1,7 millones de dólares. Los preparativos habían sido realizados por miembros de la Orden Soberana y Militar de Malta, la logia masónica P2 y el Safari Club, la organización secreta que había creado Henry Kissinger. Los pistoleros serían los asesinos Abdallah Catli y Alí Agca.

Un invitado de “lujo”, trufado de nazis desde su creación, se sumó a los preparativos del asesinato de Juan Pablo II. Lo señala Williams, para las mentes olvidadizas: se trata del servicio de espionaje de Alemania Federal (el BND) quien ofreció protección a los terroristas en los días previos al atentado contra el Papa. Afirma Williams que Munich fue un lugar perfecto de refugio para Agca y Catli. En 1981, Alemania Occidental era el hogar de cincuenta mil Lobos grises, quienes actuaron como tropas de asalto para el Bundesnachrichtendienst (Servicio Federal de Inteligencia – BND) para hacer frente a cualquier protesta o problema de la importante población turca trabajadora inmigrante que había en esos momentos en Alemania (1.500.000 de turcos). El BND, apunta Williams con toda lógica, fue consecuencia directa del surgimiento de Gladio. Había sido creado por la CIA bajo el mando del ex general nazi Reinhard Gehlen. La complicidad del BND en el intento de asesinato de Juan Pablo II ha sido ampliamente ignorada por la prensa estadounidense, a pesar de que Catli testificó ante un juez en Roma que había recibido tres millones de marcos por el servicio secreto alemán para realizar la operación.

La operación se preparó al detalle, tanto que para dar verosimilitud a la trama terrorista y a la “pista búlgara” las armas (pistolas Browning semiautomáticas de 9mm) se compraron en la RDA (República Democrática de Alemania), a través de un enlace del BND en Alemania Oriental para, de este modo, incriminar a otro país del Este socialista. Una vez en la plaza de San Pedro, los hechos ya son conocidos por todos. El Papa recibió cuatro disparos y otros dos fueron a parar a dos mujeres. El azar se alió con Wojtyla puesto que una bala pasó rozando la aorta central (y a un centímetro de romper la espina dorsal); de lo contrario, hubiera muerto instantáneamente.

Agca fue condenado a cadena perpetua lo que no evitó que recibiera visitantes ilustres en la prisión como relata Williams el preso pronto recibió un flujo constante de visitantes cuanto menos sorprendentes, incluyendo Francesco Pazienza, el general de Gladio Giuseppe Santovito, el Padre Morlion, miembros de la Camorra (incluyendo el compañero de prisión Raffaele Cutolo), agentes de la CIA y monseñor Marcello Morgante, que fue en representación del arzobispo Marcinkus, el jefe del IOR (el Instituto para las Obras de la Religión, del Vaticano). Obviamente, fueron a aleccionarle de que él era una herramienta de una conspiración búlgaro-soviética y debía describir con precisión que había actuado al servicio de la KGB.

Lógicamente, el otro chivo expiatorio que tenían preparado, el búlgaro Sergei Antonov, fue detenido e interrogado, proclamando su absoluta inocencia, como no podía ser de otro modo. El calvario no hizo nada más que comenzar para Antonov ya que fue sometido a torturas y condenado a prisión durante tres años, acabando destruido física y psicológicamente tanto por los efectos de las torturas como por la presión psicológica que ejercieron sobre él sus asesinos-torturadores, falleciendo en 2007. La campaña mediática también siguió su curso que no era otro que montar con impunidad una historia paralela fraudulenta sobre la culpabilidad soviética. Williams deja en evidencia a los “agit-prop” imperialistas: A comienzos de 1982, la campaña de desinformación estaba en pleno apogeo. Claire Sterling publicó artículos sobre la participación de la KGB en el atentado contra la vida de Juan Pablo II. Michael Ledeen emitió un aluvión de informes para el periódico italiano Il Giornale Nuovo que contenían “información privilegiada” y Marvin Kalb había mostrado informes especiales sobre la conexión soviética.

Pero todos los anteriores que menciona Williams resultaron ser los esbirros a sueldo de la CIA contratados para hacer de bufones antisoviéticos y encubrir la responsabilidad de la banda terrorista norteamericana. En particular, la escritora Claire Sterling se había sacado de la manga un delirante libro en 1981, cuando se estaba desarrollando la tesis de la “pista búlgara”, llamado La Red Terrorista, donde señalaba a la Unión Soviética como origen de prácticamente todos los actos de terrorismo internacional. Se trataba de un perfecto manual de propaganda demonizadora para ser diseminado por la ultraderecha política y mediática anglosionista de Occidente. En la práctica, una patochada verdaderamente cómica puesto que los auténticos terroristas tenían y tienen nombre propio: la CIA, el Vaticano, la masonería y las agencias de inteligencia de Europa Occidental han estado prácticamente detrás de todo el terrorismo moderno que se ha ejecutado en el mundo desde el final de la II Guerra Mundial.

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EL PERIODISTA TURCO UGUR MUMCU DESCUBRIÓ LAS CONEXIONES DE LA CIA CON EL ATENTADO CONTRA EL PAPA JUAN PABLO II. FUE ASESINADO POR LA BANDA TERRORISTA NORTEAMERICANA.

Pero el aséptico aspirante a asesino del pontífice romano sobre el que habían fabricado una falsa pista búlgaro-soviética resulta que tenía un pasado más que comprometido. El periodista turco Ugur Mumcu, llegó en sus investigaciones, según Williams, a establecer lazos de Agca con la organización terrorista turca de extrema derecha Lobos Grises. También descubrió que el aspirante a criminal había cometido varios asesinatos. Es más, fue capaz de identificar a Ocan Çelik como el otro pistolero que huyó de la Plaza de San Pedro con una pistola en la mano. El periodista turco hizo más descubrimientos, entre ellos los lazos de Agca y los Lobos Grises con la CIA, además de confirmar que Antonov, el chivo expiatorio del atentado contra el Papa, no era agente del espionaje búlgaro.

Ahora adivinar que ocurrió con este valiente periodista de investigación, tan lejos del rastrerismo de los mercenarios mediáticos a sueldo del Nuevo orden globalista. Sí, efectivamente, Mumcu murió en un atentado terrorista al explosionar una bomba colocada en su vehículo, en 1993, muy probablemente por los servicios de inteligencia turcos asesorados por la CIA. Paul Henze el entonces jefe de la estación de la CIA en Turquía, disuadió a Mumcu de seguir investigando sobre la verdadera trama para atentar contra Juan Pablo II con estas palabras: “Si no lo hace se encontrará con una desagradable sorpresa”. Mumcu se negó a claudicar ante el jefe criminal de la CIA y el resultado fue el antes señalado.

Finalmente, como bufonada final orquestada por Occidente, la mafia política italiana, a través de una llamada “Comisión de Investigación Mitrokhin” (de este último sujeto, Mitrokhin, ya hablaré en otro momento) dictó en 2006 que la URSS estuvo detrás del atentado del Papa Wojtyla. El presidente de la comisión, Paolo Guzzanti, era miembro de la mafiosa, masónica y fascista Forza Italia cuyo pasado estaba anclado en las tramas terroristas de la banda Gladio. Con gran profusión de propaganda esta disparatada y falsificada teoría, con origen nada menos que en la RDA y la URSS, se esparció por el mundo en la mayoría de medios controlados y, al “confirmarse” el invento de la “pista búlgaro-soviética” algunos entraron casi en éxtasis vaticano. Tenían que tapar las vergüenzas terroristas de Gladio y las oscuras tramas criminales del Vaticano (incluida su participación en el Plan Cóndor) resucitando una teoría conspiranoica basada en un fabulador, el ex “espía” del KGB, Vassily Mitrokhin, que huyó al Oeste para contar unos refritos propagandísticos que fueron, finalmente, manufacturados por el MI5, el espionaje inglés.

Resulta paradójico que los mismos que asesinaron a Juan Pablo I, el renovador que iba a intentar descabezar o poner orden en el tenderete mafioso vaticano, intentaron hacer lo mismo con su sucesor, el Papa polaco. Pero no nos engañemos. Wojtyla (que ya era fuertemente ultraconservador antes de 1981) fue, decisiva y finalmente, uno de los hombres “fuertes” de la CIA para el Este de Europa, una vez recibida la “advertencia” de la plaza de San Pedro, en 1981.

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