Joseph Boulogne, Chevalier de Saint-George, un compositor mulato en la Corte de Luis XVI

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Joseph Boulogne, Chevalier de Saint-George,  en un retrato con espada (su otro “instrumento” favorito, junto con el violín), en vez de con batuta, antes de dirigir un concierto

EL HOMBRE…

Lo primero que, seguramente, llamará la atención al melómano medio del prácticamente desconocido Joseph Boulogne (1745-1799), también llamado Chevalier (Caballero) de Saint George, es que fue un compositor de raza negra, más exactamente mulato. ¿Un artista con raíces africanas intentando hacerse un hueco al lado de Mozart y Haydn en la Francia dieciochesca, la del siglo de las Luces, que era plenamente racista y esclavista? Así fue. Para entender como Saint George logró entrar en ese restringidísimo círculo de adocenados, decadentes, “bon vivant” y exquisitos explotadores aristócratas (aparte de sensibles mecenas musicales) que parasitaban en “la France” del siglo XVIII hay que remontarse a la propia historia vital de nuestro compositor. Joseph Boulogne nació en una isla caribeña, colonia de Francia, llamada Guadalupe, situada al sur de Cuba, Haití y Puerto Rico.

El padre de Saint George era el típico francés procedente de la nobleza,  propietario de plantaciones y dueño de esclavos. A pesar de que las relaciones o matrimonios interraciales estaban formalmente prohibidos, Boulogne nació de una relación extramatrimonial de su padre con una bella mujer africana (se dice que procedía de Senegal y, por descontado, era esclava). Lógicamente, siendo negro (o mulato) Boulogne quedaba automáticamente excluido de la aristocracia francesa, pero como su padre tenía influencias en la Corte de Luis XVI pudo meter a su primogénito “bastardito” de cabeza en el hermético y blindado mundo de la nobleza parisina y, de este modo, acceder a los privilegios de aquélla.

Así, el mulato Saint George tuvo la oportunidad de ser mimado por la alta aristocracia de Francia, convirtiéndose en un extraordinario espadachín (según decían los entendidos de la época, el mejor), además de estudiar literatura, ciencias o equitación algo que estaba totalmente vetado al pueblo llano, al que interesaba (hoy como ayer) seguir manteniendo en la ignorancia y la miseria. Y cómo no, el refinado Chevalier de “color” también estudió música, donde destacó sobremanera bajo la influencia y dedicación del compositor francés del momento, François-Joseph Gossec. La destreza y sensibilidad de Boulogne con los pentagramas se manifestó en el dominio de un instrumento: el violín, del que fue un virtuoso, tanto que fue primer concertino de una orquesta, Le Concert des Amateurs, dirigida entonces por su padrino musical, el ya mencionado Gossec. Tras la marcha de éste, Boulogne se hizo con la titularidad de la misma con tan sólo 28 años. Un mérito superlativo, sin duda, tal y como estaba el patio aristocrático parisino que consideraba a las “razas inferiores” como no aptas para ejercer las artes musicales.

Aunque, todo hay que decirlo, no fue oro todo lo que relucía en la fulgurante carrera del mulato Saint George. En Francia tenían la creencia (más o menos como hoy) de que los africanos eran genéticamente inferiores en todo y no pocos no sólo no tenían empatía alguna con el talento de Saint George sino que lo rechazaban de plano salvo, curiosamente, la entonces reina francesa, Maria Antonieta, quien debía sentir una pequeña devoción por el artista mulato. Boulogne, con todo, estaba destinado a triunfar por todo lo alto en la Francia de las nacientes, y temibles, guillotinas. Pero cuando intentó dar el salto a la cúspide operística (ser director de la Ópera de París, con todo el gran bagaje musical y artístico que ya tenía a sus espaldas) fue vetado sin contemplaciones. ¿El motivo? Bien claro: ser negro/mulato. Dos primas donnas racistas, sopranos de la Ópera parisina, se negaron a que Saint George, “un mulato”, les diese órdenes de ningún tipo. Con la habitual prosa afectada y cursi que se estilaba entonces, las dos señoritas (o señoronas) “belcantistas” afirmaron (según notas autobiográficas del propio Saint George) que “nuestro honor y la delicadeza de nuestra conciencia hacen que sea imposible estar sometidas a las órdenes de un mulato”.

Boulogne

Pero, hacia 1770, Saint George ya estaba consolidado como un distinguido intérprete y compositor de conciertos para violín (su caballo de batalla), música de cámara, sinfonías (incluidas las concertantes) y óperas (en su mayoría perdidas, ya que fueron destruidas por sus detractores, fanáticos, en los años posteriores a su muerte). No compuso mucho, pero lo suficiente para que incluso Mozart tomase nota en una de sus obras (Les Petits Riens), introduciendo una melodía compuesta por Saint George. Al compositor mulato no tardaron en ponerle el apodo de “Le Mozart Noir” (el Mozart Negro…¿o tal vez sería mejor al revés? Mozart el Boulogne blanco), e igualmente el “Don Juan Negro”, éste último por su planta de consumado deportista (se dice que cruzó a nado el río Sena con un sólo brazo), atractivo para la época y, también, decían las malas lenguas, que era todo un atleta sexual. Es de suponer que Saint George se pasó por la piedra a todo el puterío de la Corte francesa (incluida la posteriormente descabezada Maria Antonieta, para la que interpretaba bastante a menudo sus obras musicales, aunque no sé exactamente qué “pieza” le “tocaba”). Otro de los grandes méritos musicales de Saint George fue el encargar al compositor que más renombre tenía en Europa en ese momento (Franz Joseph Haydn) la creación de una serie de sinfonías dedicadas a París (exactamente las nº 82 a 87 del catálogo del músico alemán, denominadas, precisamente, Sinfonías de París),  las cuales estrenó el mismo Boulogne en la capital francesa, bajo su batuta.

Pero no todo fue enfebrecida actividad musical en la vida de Boulogne. También hubo tiempo para el compromiso con los suyos, involucrándose en movimientos en contra del esclavismo en Francia (creó la Société des Amis des Noirs, Sociedad de Amigos del Pueblo Negro) algo que, lógicamente, no sentó bien a los traficantes de esclavos negros, por lo que fue incluso atacado en Londres por un grupo de hombres armados, encuentro del que salió indemne como mejor pudo (sin poder tener a mano su arma favorita: la espada). Con la llegada de la Revolución francesa Boulogne simpatizó con la causa revolucionaria, accediendo a ser capitán de la Guardia nacional y luego coronel de una fuerza legionaria (integrada por un buen puñado de hombres negros) que cosechó importantes éxitos en su lucha contra los austríacos (dentro de la campaña de las guerras revolucionarias o de “coalición” de las monarquías europeas contra la revolución francesa)

Después de un corto período de estancia en la cárcel bajo el convulso reinado del terror de Robespierre, librándose (a pesar de todo –su pertenencia indirecta a la nobleza-) de ver como su cabeza podía terminar rodando, como una cualquiera más, por los suelos parisinos, Boulogne volvió al Caribe para ejercer de mediador en las revueltas negras emancipatorias de los esclavos por los que él había luchado, rebeliones que finalmente fueron reprimidas sin contemplaciones, por lo que retornó desilusionado a Francia para ser (brevemente) director de una nueva orquesta (Le Cercle de l’Harmonie, El Círculo de la Harmonía). Pero Saint George, a pesar de que volvió a atraer numeroso público en sus vigorizantes conciertos, tenía el destino marcado y murió, enfermo, prácticamente, en soledad, abandonado a su suerte indigente, un día 10 de junio de 1799 a los cincuenta y cuatro años.

 …Y LA MÚSICA

Las composiciones de Joseph Boulogne, injusta y totalmente olvidadas en el cajón de la historia musical (tanto en grabaciones como en interpretaciones en concierto, quién sabe si más por razones extramusicales que otra cosa), son obras admirables en su conjunto. Boulogne brilla (y mucho) con la luz propia de un soberbio artista dotado para la música, con, la particularidad de que las suyas no fueron composiciones de encargo sino para ser interpretadas (los Conciertos para violín) por él mismo, lo cual requería desplegar, de partida, menos “inventiva”, aunque esto no deja de ser subjetivo puesto que la mente del artista es siempre libre. A pesar de ello, la crítica (o una parte de ella; la “prestigiosa” revista Gramophone, del Reino Unido) no le otorga mucho mérito a Saint George, tachándolo despectivamente de previsible. Ni falta que hace que le adulen; la Pérfida Albion son los herederos de un imperio con olor a naftalina y tráfico de esclavos, cuya aportación al clasicismo musical es simplemente inexistente y, en el conjunto de todos los períodos musicales (renacimiento, barroco, clasicismo, romanticismo y música contemporánea), la mediocridad musical inglesa es auténticamente alarmante (por ejemplo, los pestazos “victorianos” de Elgar y otros coetáneos suyos de finales del siglo XIX y primeros del XX), con algunas salvedades.

A la hora de establecer una comparación de Boulogne con sus contemporáneos musicales más lustrosos del siglo XVIII, hay que recordar que, en el caso del alemán Haydn, éste compuso durante casi toda su vida sinfonías (más algunas obras de cámara y algún que otro oratorio y misa) para la corte de los príncipes húngaros Estèrhazy, en un entorno de absoluta placidez y libertad (dentro de un orden), mientras que Mozart estuvo bajo la férrea dictadura del arzobispo Colloredo en primer lugar y luego fue por libre, eso sí, sin olvidar que fue exprimido, en su infancia, como un limón, por su padre Leopold. Boulogne, además de compositor (para sí mismo, recordemos, una nota diferencial importante) estuvo inmerso en otras actividades (incluida la militar, aunque al final de su vida) debiendo superar infinidad de trabas (incluidas las racistas), tanto para componer como para dirigir sin la sombra de ser considerado un “negro”.

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El cuerpo central de la obra musical de Saint George son los Conciertos para violín (un total de 14) donde no faltan nunca momentos vivificantes, refrescantes, alegres, de notable expresividad sonora, elegancia parisina, virtuosismo o las influencias estilísticas de la Escuela de Mannheim. Los Conciertos Op. 2 nº 1 y 2, el Op. 3, el 5 nº 2 y el Op. 8 reúnen todas las virtudes compositivas del artista, en unas partituras de construcción cálida y efusiva, de contrastada y envolvente lírica (segundos movimientos, el intenso y largo Adagio del Op.2, nº 1), espirituosas, lógicamente virtuosas y “mozartianas” (sabiendo que el “copión” de Mozart se las arregló para “plagiar” a nuestro “moreno” escuchando atentamente sus conciertos de París). Las restantes obras violinísticas (al igual que la Sinfonía op. 11) son igualmente estupendas, a excepción, quizás, del Concierto para violín nº 4 en re mayor, un tanto prosaico y sosainas.

Destacan, tanto como los conciertos para violín, las Sinfonías concertantes (que solían ser para diversos instrumentos, pero aquí sobresale el violín), en particular las op. 9, 10 y 12, y algo menos la Op. 13,  voluntarista y a un nivel algo inferior al resto, pero dentro de los mismos parámetros estilísticos que el resto de Sinfonías . En todas ellas podemos ver reflejados los mismos elementos discursivos que en los conciertos para violín: a saber, texturas cristalinas, impulso cantable, gusto por el estilo galante, vitalidad y belleza del conjunto. Obras de un grandísimo músico, sin duda alguna.

La orquesta encargada de ejecutar el escogido repertorio de Saint George (12 conciertos para violín, 6 sinfonías concertantes y una Sinfonía) es la Orquesta de la Radio de Pilsen (de donde procede una famosa cerveza), a cuyo frente está el ignoto Frantisek Preisler (jr), que para ser una segundona (o tercerona) de la República Checa resulta ser una formación que suena pero que muy bien, engarzada en todas sus secciones (especialmente una cuerda casi perfecta) y responde a las exigencias de la música de Saint George, interpretando las piezas con soltura, transparencia, gracilidad, justeza de acentos, viveza de “tempi”, calidez en los movimientos lentos y naturalidad clasicista. El solista de violín, Miroslav Vilimec, frasea todos los paisajes violinísticos del “mulato” con claridad, virtuosismo y convicción, sacando buen partido de las cadenzas propias para su lucimiento. Una enorme ejecución la del solista checo. La grabación, de mediados de los años 90 del siglo pasado, es realmente muy buena.

Joseph Boulogne, sin duda, tuvo una vida agitada, intensa, luchando en todos los frentes y contra toda adversidad, en un mundo, el musical del siglo XVIII, que era prácticamente infranqueable para aquel no tuviese vínculos con la aristocracia y menos para el que fuese de una raza diferente a la caucásica. Parece mentira pero Boulogne no tuvo ninguna calle parisina en su honor hasta el año 2001, por iniciativa de unos…antillanos residentes en París, con polémica incluida de si fue o no coronel del ejército francés, como figura en la inscripción de la placa. Merecidamente debería, además, Boulogne, figurar al lado de los más grandes compositores del clasicismo y tener una película de tanto o más renombre que la afamada y mediocre Amadeus, que en su día Milos Forman dedicó al genio de Salzburgo.

FUENTE (biográfica): http://chevalierdesaintgeorges.homestead.com/Page1.html

EL ARTE MUSICAL DE BOULOGNE

Concierto para violín op. 2 en re mayor, nº 2 (3. movt. Rondeau)

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Sinfonía Concertante Op. 12 en mi bemol mayor (2 movt. Rondeau)

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Concierto para violín Op. 3, nº 2 (2. movt. Molto Adagio con sordini)

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Concierto para violín Op. 8, nº 1 (3. movt. Rondeau)

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