Los excesos del ‘spaghetti western’ y Sergio Leone (y 2)

Actores y director de Hasta que llegó su Hora

Actores y director de Hasta que llegó su Hora (izda a dcha: Henry Fonda, Claudia Cardinale, Sergio Leone, Charles Bronson y Jason Robards)

Hasta que llegó su Hora (1968), traducción como siempre “inmaculada”, a la “española” de Once upon a time in the West, (Érase una Vez en el Oeste) fue la película más ambiciosa de Leone, tanto que contó con un plantel de actores principales de primera línea (Henry Fonda, Claudia Cardinale, Jason Robards y, menos, Charles Bronson). Una película laureada, injustamente, hasta el estrépito por buena parte del público (tanto en Imdb, donde es de las mejor calificadas, como en Amazon, aquí por buena parte de usuarios estadounidenses). Algo que no he acertado a comprender el por qué esta decadente, linfática y mortecina sesión de aburrimiento y sosería puede haber recibido tanto relumbrón siendo, probablemente, la obra más fallida del director italiano. La otra que rodó Leone, a continuación, se llama Agáchate Maldito (1971), también apostando fuerte por la parte actoral (un Rod Steiger sobreactuado y un excelente James Coburn) pero con iguales o parecidos resultados (algo menos acusados) que en la precedente. Leone despliega en Agáchate Maldito todos los elementos discursivos ideológicos de izquierdas y echa toda la carne en el asador para agitar la bandera de la Revolución, al calor, tal vez, de los acontecimientos de mayo del 68 y, por supuesto, del influyente Partido Comunista italiano. La película gira en torno a dos protagonistas, uno más histriónico, pordiosero y, sobre todo, deudor de la ‘pasta’ fácil (Steiger), mientras que el otro (Coburn) es un militante del IRA irlandés algo más refinado y comprometido, enfrascado en medio de las luchas revolucionarias mexicanas.

Pero no basta con denunciar el carácter represivo, racista y reaccionario de las élites militares y económicas, ya sean mexicanas o estadounidenses, o la legitimidad de la lucha armada contra los opresores. Agáchate Maldito padece de las mismas faltas que en su anterior entrega cinematográfica: ensimismamiento, ritmo tedioso, propensión a abusar de primeros planos y escenas que rozan lo estrafalario, como si quisiera dotarlas de una espuria trascendentalidad o la inclusión de flash-back sin venir mucho a cuento, sólo para rellenar el mostrenco argumental. Leone no fue un maestro de la síntesis narrativa, precisamente. Y en esta “revolucionaria” cinta el italiano carga las tintas, nuevamente, con una exposición hiperbólica que alarga más de lo debido, eso sí sazonada con elementos humorísticos. Si ese “alargamiento” del metraje estaba justificado en La Muerte tenía un Precio o en El Bueno, el Feo….., aquí todo está fuera de lugar y de sitio, eso sí, bastante menos acusado que en Hasta que llegó su Hora.

                    Agáchate Maldito (James Coburn, izquerda y Rod Steiger)                      

En esta última película, con ínfulas de epopeya (Erase una vez en el Oeste), Leone ejecuta un inicio aclamado por muchos, pero que a mí me provoca un extraño efecto de saturación mental (como en casi todo el relato de la película). Para abrir boca ya adivinas que el metraje se va a hacer eterno y que le empiezan a sobrar minutos de forma alarmante. El recorrido inicial de la cámara, previo antes del “duelo”, registrando casi cada uno de los pliegues de los pistoleros e introduciendo Leone elementos presuntamente jocosos (la jodida mosca rondando en torno al careto de Jack Elam durante cinco minutos) te provocan, cuanto menos, un ligero (nunca mejor dicho) “mosqueo” preguntándote a qué viene esa escena absolutamente prescindible. Un muy mal presagio. Lo inexplicable es cómo al gran Woody Strode le pudieron asignar solamente un mísero papel de pistolero de diez minutos de duración (además, sin abrir la boca).

Con ser el “duelo” un remiendo made in Leone, a continuación viene lo peor. La sucesión de episodios que giran en torno a los diferentes personajes, el enclave de situaciones y las circunstancias vitales de aquéllos, va entre la hipertrofia argumental y las caídas continuas de tensión (por decir algo favorable), los diálogos minimalistas están trazados con escuadra y cartabón (estás deseando que entré alguien en escena y empiece a repartir plomo a discreción), los agobiantes, prescindibles y sobreabundantes primeros planos (más el zoom correspondiente) resultan afectados…las interminables escenas se suceden al compás de existencialismo “bergmaniano”, el estatismo contemplativo aparece en cada segundo de metraje y las transiciones entre planos/secuencias se hacen insufribles…

No basta un presupuesto de la Paramount, unos exteriores en los mismos parajes donde rodó John Ford, una música de Ennio Morricone, por cierto fuera de lugar, tan cursi como, por momentos, aborrecible (nada que ver con la de su trilogía). Y los actores…no hace falta decir que sintonizan con el cuadro general deficitario del film…o sea, mal. A pesar de los pesares y de Henry Fonda, un grande de Hollywood, pero que aquí anda desubicado y el papel de villano que le asignaron fue un “regalo” envenenado. Está incluso lejísimos de sus clásicos de antaño (incluida su excelente interpretación en Incidente en Ox Bow de 1943). Para rematar la faena el asignarle a Fonda los habituales tics “guarretes” de Leone en sus otras películas (esa “afición” por el escupitajo que endosó a Eastwood) es que le sienta como un tiro en las partes nobles al bueno y elegante de Fonda que, en mi opinión, estuvo incluso “mejor” (por decir algo bueno) en otro ‘spaghetti’ que rodó con el “marrano” Terence Hill (Mi Nombre es Ninguno, producida por Leone) Charles Bronson es hierático, soporífero. No le veo para encasillarle de protagonista principal. Probablemente Clint Eastwood y/o Lee Van Cleef hubieran salvado aceptablemente el mobiliario argumental, pero Bronson dando la chapa con la armónica en toda la película y paseando su careto entre inexpresivo y petrificado…lo más lógico es que hubiera acabado como uno de los pistoleros que él mismo ejecutó, es decir, con cinco minutos basta. Jason Robards no sabes si es un forajido, un tio enrollado, un buen samaritano o tal vez pasaba por allí de incógnito. Hace lo que puede, que es algo superior al resto de sus colegas de reparto.

Sin título

                   Charles Bronson y Jason Robards (Hasta que llegó su Hora)

A la bella Claudia Cardinale le anidaron su personaje como mejor pudieron que es más mal que bien, sin brújula y rellenando pantalla con su sensualidad, como si eso fuese una carta de presentación para salvar el escollo. Cardinale tuvo mejor fortuna en Los Profesionales de Richard Brooks junto a Lee Marvin, Burt Lancaster, Robert Ryan y, por cierto, protagonismo, esta vez sí, para Woody Strode. Los Profesionales era un western de verdad, coetáneo de la trilogía de Leone, pero más sustancioso, incluso “revolucionario”, brioso y energizante que las dos últimas pretenciosidades plomizas de Leone. La película de Brooks era un epílogo brillante a una época dorada (aunque luego vinieron algunos notables ‘revivals westernianos’, precisamente a cargo del “perdedor” Eastwood –Cometieron Dos Errores, Infierno de Cobardes, El Fuera de la Ley, El Jinete Pálido- o de la mano de Sam Peckinpah (Grupo Salvaje) y Robert Redford –Las Aventuras de Jeremiah Johnson y Dos Hombres y Un Destino-). La Cardinale, en definitiva, no carbura y naufraga en la misma dirección que sus compañeros.

Algún brutico ha dicho por ahí que Hasta que llegó su Hora es el camino más corto para padecer, o bien Alzheimer, o bien una muerte lenta por asfixia. Probablemente exagere. Pero si el western clásico es un género que nunca me sublimó, viendo esta antología de la morosidad menos todavía. Y es que el spaghetti-western fue un intento de dinamizar, desde una óptica europea, un género genuinamente americano a base de explotar elementos paródicos e introducir (en algunos casos) acertadas claves políticas anti-imperialistas, en contraposición a algunas de las epopeyas supremacistas del Tío Sam, pero que acabaron, en buena medida, por caricaturizarlo, si exceptuamos esas salvedades finales de Eastwood o Redford.

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