Los excesos del ‘spaghetti western’ y Sergio Leone (1)

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En los años sesenta hubo una especie de revitalización del género western que parecía condenado definitivamente al ostracismo después de la épica que plasmaron en el celuloide gentes como John Ford, Anthony Mann o Howard Hawks. Épica que nunca me fue especialmente afín por variados motivos (valores cinematográficos aparte), entre ellos, la falsificación histórica que llevaba aparejada y el ser un vehículo claramente de control cultural donde predominaban los valores ultraconservadores imperantes en la política estadounidadense del momento, salvo algunas notables (o sobresalientes) excepciones. El western clásico se escoró hacia la parodia y los elementos más, digamos, “sucios” (en toda la extensión de la palabra) y ponzoñosos del Western en el que añadieron, como nota propia novedosa, la introducción por parte de algunos directores italianos (Sergio Leone, Sergio Corbucci, Giuliano Carmineo, Sergio Sollima, Damiano Damiani, por poner unos ejemplos) la reivindicación del activismo revolucionario (el pretexto de la Revolución mexicana) tomando como referente los movimientos de izquierda italianos y la agitación político-cultural del momento. Quizás fueron los “mejores” en esta derivación o degeneración del clasicismo “fordiano”.

Ese motivo medular político del spaguetti estaba, todavía, un punto  lejano de la tosquedad pordiosera infamante de la saga Trinidad de Terence Hill y Bud Spencer y otras españoladas o italianadas con sabor a morralla realizadas unos años antes con tres perras gordas y escasa o nula imaginación argumental. Con todo, aquellas producciones o co-producciones hispano-italianas o italianas a secas no dejaban de ser lo más parecido a cine cañí-castizo pasado por pasta minestrone, desiertos de Almería, serranía de Colmenar Viejo e imposibles parajes del Oeste radicados en Burgos o Fraga (Huesca). La tendencia a la exageración y a la comicidad forzada llevó al “spaghetti”-western a que bofetadas, puñetazos y disparos de revólver sonasen, en los dos primeros casos, como el sonido de un tambor de hojalata y, en el segundo, casi como el silbido de un cohete katiusha.

¿Se imaginan un pseudo-spaghetti western cien por cien español (western paellero, según la despectiva denominación que acuñó el subgénero “a la española”) escenificando al Séptimo de Caballería y la banda sonora cantada en castellano con una furcia de can-can en un Saloon cantando igualmente en castellano? Yo todavía no. Creo que se llamaba Masacre en el Fuerte Perdido o algo similar. Eran las cosas de un subgénero que alcanzó cotas ciertamente esperpénticas y, en bastantes casos, deleznables. Un engendro inenarrable llamado 20.000 dólares por un Cadáver (1969), es una muestra de ello, donde habría que haber quemado vivos a todos los integrantes de este indescriptible “western”: desde el “director” al “guionista” (que son los mismos) pasando por los “actores” (el principal es para guillotinarlo previamente) y terminando por la “autora” de la “banda sonora”, una tal Ana Satrova. ¿Han escuchado ustedes música de verbena en las ferias de los pueblos? Pero, ojo, pueblos de garrafa, boina y madreña. Eso es lo que acompañaba, “musicalmente”, a este “western”. Véanlo en Youtube si tienen un poco de tiempo libre y quieren perderlo irremediablemente. Toda esta pléyade de desvergüenzas fueron siempre a rebufo de Leone quien fue verdaderamente el “catalizador” del género western convertido en subgénero, aunque otros se le adelantaron un par de años atrás de su primera obra “almeriense”. Y, cómo no, también clonaban los imitadores del cine de Leone, como podían, las bandas sonoras del prolífico Ennio Morricone (a veces más rematadamente mal que bien).

Se facturaron, sobre todo en los sesenta, subproductos de serie B ó Z, con actores norteamericanizados, por necesidades de marketing, para llegar a más público y otros con denominación de origen: americanos, franceses, canadienses e incluso noruegos para que el creído populacho del franquismo creyese que estaba viendo una peli en Montana o Dakota del Norte. Django, Sartana o fríos vengadores traumatizados por episodios violentos generados en el pasado contra sus familias, novias o mujeres, fueron los héroes de tebeo barato que más se repitieron en los “tagliatelle” rodados en territorio español. Sin embargo, no se puede hablar de mugre en su total generalidad para definir a este subgénero gastronómico-italiano (o italo-español) en el que se encontraban incluso cosas aceptables: De Hombre a Hombre (1967, John Phillip Law, Lee Van Cleef) No soy un Asesino, (Giuliano Gemma, 1967), la apañada, sin más, El Sabor de la Venganza (1963), del español Joaquin Luis Romero Marchent (hermano de otro “experto” en spaghettis Rafael Romero Marchent) y algunas cintas “políticas” (Yo soy la Revolución, 1966, Damiano Damiani).

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                                       Anthony Steffen (Antonio de Teffé)

Actores anglofilizados como los italianos Anthony Steffen (Antonio de Teffé) o George Eastman (Luigi Montefiori), el serbio nacionalizado italiano Sean Todd (Ivan Rassimov), los españoles Aldo Sambrell (Alfredo Sánchez Brell) y George Martin (Francisco Martínez Celeiro) y otros tan asépticos como los anteriores e igualmente acartonados tipo Richard Wyler, William Berger, Richard Harrison o Craig Hill. Mediocridades alarmantes como Fabio Testi, insufribles histriónicos como Tomas Milian o actores tan terribles y “asesinables” como Klaus Kinski (que no pegaba ni con engrudo, ni de malo, ni de bueno, ni de grotesco, si acaso en algunas de las películas de Jess Franco o Paul Naschy), conformaron mayormente el submundo del euro-spaghetti-western en su fachada principal. Y, rodando en España, no podían faltar, en un segundo plano, pero actuando también en la factoría de spaghettis en serie, los españoles sin aditivos anglófilos que hacían lo que podían y que estaban entre lo digno y, simplemente, servir de relleno. Fernando Sancho, (siempre de bandido mexicano, repitiéndose como el ajo, haciendo continuamente de “sí mismo”), el solvente Eduardo Fajardo, el monótono Frank Braña, el italo-español Luis Induni limitadísimo como pocos o el buen hacer de Conrado San Martín y Roberto Camardiel…fueron algunos de los más destacables en el bando español.

Otros españoles aparecieron (brevemente) en western “made in USA” con actores completamente norteamericanos (el fenomenal Ricardo Palacios, junto a Lee Marvin y un joven Ron Howard en la estupenda Spike’s Gang, 1974, de Richard Fleischer). No faltaría a la cita con el “spaguetti” la brutal censura franquista cercenando escenas y diálogos (sustituyendo, por ejemplo, “hijo de puta” por el clásico “hijo de perra”) o mutilando escenas “conflictivas” de tinte erótico (Charo López desnuda integral en la infame Anda Muchacho Dispara, 1971) u otras especialmente violentas. Mención especial, a pesar de todo, merece una mujer: la guionista María del Carmen Martínez Román creadora de un puñado de spaghetti-western con desigual fortuna (aunque, en la práctica, todos merezcan el olvido), pero peleando en el rudo mundo del Oeste con los hombres.

Sergio Leone aportó un toque, por así decirlo, algo menos “cutre”, autoparódico y casposo a sus western que otros de sus colegas de “spaghetti” (por ejemplo, Sergio Corbucci imitando al mismo Leone en El Blanco, El amarillo y el Negro, 1974). Leone fue conocido, sobre todo, por dirigir la célebre trilogía (Por un Puñado de Dólares, La Muerte tenía un Precio y El bueno, el Feo y el Malo) que fue referencia en el subgénero spaghetti-western. BIen la primera, magnífica la segunda y menos interesante la última. Leone, que dirigió realmente muy poco, realizó dos western más (Hasta que llegó su Hora y Agáchate Maldito). Y es aquí donde, entiendo, se le va la mano definitivamente al italiano con dos proyectos ambiciosos sazonados, sobre todo el primero, de ampulosidad y grumosa retórica visual y narrativa.

  1. plared

    Hombre, también opino parecido en lo que al se refiere al subgenero del spaghetti western. Y sabes de sobra que el western con mayúsculas es una de mis debilidades, Vamos que a diferencia de a ti, si me gusta realmente el western, cuando lo es claro. No esta parodia paletil mas cercana al esperpento que otra cosa.

    Salvable de esto poco, pero bueno en lo que no estoy de acuerdo es en Erase una vez en américa. Pocas veces se ha trasladado a la pantalla de forma tan intimista una historia de gansters. En realidad, del nacimiento de una nación donde soterraneamente se habla desde la creación de los sindicatos a una corrupción tan de moda últimamente que equipara a políticos y mafiosos.

    Una obra no se si maestra, pero desde luego lo suficientemente notable para ser considerada grande. Cuidate figura

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    • uraniaenberlin

      Para mi vergüenza conozco más el “spaghetti-western” que los clásicos del Oeste procedentes de USA. Será porque en todavía queda en la memoria las proyecciones de “sesión continua” de épocas pretéritas. Y no será porque no tengo acceso a ello. Creo que he visto una docena de veces Los Cuatro Hijos de Katie Elder…en la Paramount…y El Último Tren a Gun Hill más o menos…seguramente no las mejores.

      De la última de Leone, abundar en lo que dice el crítico abúlico…a mí no me acaba de encajar…pero quizás sea cuestión de verla de nuevo. Hace muchísimo (años) que no la veo.

      Saludos y nos vemos por aquí o por allí…

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  2. elcriticoabulico

    Efectivamente, a Leone le acaban perdiendo sus tendencias megalómanas como ‘iniciador’ de esa mezcla de homenaje-parodia y de extremación de los tópicos superficiales del western que es el spaghetti. Por cierto, aparte de paella-western, me parece que también se acuñaron términos como chorizo-western y butifarra-western, en función de la localización del rodaje. Un saludo.

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    • uraniaenberlin

      De Leone (sus dos últimos trabajos, en particular, Erase una vez en el Oeste o Hasta que llegó su Hora) daré buena cuenta en la segunda parte de esta entrada. Creo que Leone no debió nunca haber “dejado” irse a Eastwood….Ni siquiera su última que dicen “gran obra” (la única salvable para los detractores de sus western) Érase una vez en América me satisface plenamente. Me quedo con La Muerte tenía un precio. Desconocía lo de chorizo-butifarra…si es que a campeones gastronómicos no nos gana nadie.

      Hace tiempo que no visito tu blog, donde es difícil no encontrar cosas interesantes…Falta de tiempo y esas cosas

      Saludos

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