Brasil, la rebelión de los pobres contra la vergüenza del despilfarro futbolístico

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Se acerca, de nuevo, el espectáculo de masas más narcotizante del planeta, donde los actores profesionales del peloteo futbolístico, entre puntapiés y cabezazos a un balón, engrosarán su ya abultada cuenta corriente a costa de unos pringados lobotomizados que les aplaudirán como enfervorizados autómatas, aunque muchos de ellos no tengan donde caerse muertos, ni de asco, ni tampoco de hambre. Pero poco les importa que sus santificados currantes de lujo tengan contratos galácticos y ellos vuelvan pasado mañana a una mediocre rutina de quien sabe si futuros desahuciados, o tal vez estén con la soga al cuello de deudas o hipotecas imposibles.

El fútbol es un deporte con aroma a un sucio negocio que está  gestionado por oligarcas multimillonarios, banqueros o constructores, quienes jamás en su vida “otearon” un balón, ni sabían en que consistía un fuera de juego, pero que han visto la oportunidad de medrar, mercadear y traficar con la especulación millonaria de los “fichajes” y los pelotazos urbanísticos, operaciones que son normalmente entre opacas y negras o negrísimas, hechas en complicidad con la casta política, cuando no delictivas con el fisco correspondiente. Que un jugador se cotize en 80 ó 90 millones de euros sería para que cualquier persona con un mínimo de conciencia social abandonara cualquier pretensión de jalear a un tipo que ni siquiera está dotado, regularmente, de inteligencia y cuyo nivel de compromiso con la sociedad que le rodea, los desfavorecidos, es simplemente inexistente, a pesar de que muchos de esos marginales que habitan míseros barrios o favelas sepa su nombre y apellidos de carrerilla.

En Brasil, el lugar del evento drogodependiente, el paradigma del “jogo bonito” por excelencia, el que siempre se ha considerado el epicentro mundial de la magia futbolística y otras leyendas arquetípicas sobadas de este deporte-negocio, el pueblo (o una parte muy importante de el) se ha echado a la calle y rebelado contra un monumental despilfarro en un país donde las bolsas de miseria, explotación y marginalidad alcanzan niveles espeluznantes. El coste económico de organizar el circo futbolero en un país que demanda grandes mejoras sociales para la paupérrima economía de millones de brasileños ha colmado la paciencia de los que no se dejan engañar fácilmente por el fanatismo idiotizante del fútbol.

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Gastarse la friolera de diez mil millones de dólares en la “mandanga mundialera”, en un país que está generando continuamente pobreza de forma exponencial, que tiene una sanidad pública deficiente, un sistema educativo bajo mínimos, un transporte público caótico y cuyos únicos beneficiarios van a ser las élites políticas, las compañías constructoras de los estadios y los bancos…es cuanto menos lacerante, creo yo y también muchos brasileños. Los ingresos generados por el Mundial, huelga decir, no revertirán hacia los pobres, en definitiva, a combatir las tremendas desigualdades del país de Rousseff.

Los brasileños no han tragado con el sapo futbolístico que les vendió en su día el gobierno brasileño. Cómo iban a pasar por el aro si solamente en la ciudad de Sao Paulo fueron desalojadas por la fuerza cerca de 70.000 familias con motivo de los trabajos preparatorios para el Mundial y más de 100.000, o más, en el resto del país. Por supuesto, no echaron forzosamente a las élites ricas de Brasil sino al sector más desfavorecido de la ciudadanía que puebla las “favelas” y otros arrabales brasileños, ese inframundo que nadie quiere ver en Occidente, salvo para hacer reportajes sensacionalistas, al estilo de detritus como “Callejeros viajeros” o “Españoles por el mundo”. Todo para satisfacer a los grandes capitales económicos y financieros. Ejerciendo todo tipo de presiones y coacciones, unas veces de forma directa (mediante el asesinato de indigentes e incluso niños “de la calle” por la criminal policía militar brasileña) y otras  mediante maneras más “sutiles” (terrorismo psicológico en forma de corte de suministros, amenazas veladas..).

Hay que limpiar las calles de “indeseables” y ofrecer una imagen glamourosa-copacabanera de un Brasil agachado ante los poderosos. Y entre esos gangsters se encuentra, cómo no, el capo mundial de la mafia futbolísitica, la FIFA, una máquina de extorsión a la hora de hacer dinero. Otros nada desdeñables sinvergüenzas son los que “sponsorizan” el Mundial de Brasil: multinacionales como Coca-Cola y otras se beneficiarán de cuantiosas exenciones fiscales, lo que supone un agravio para millones de brasileños que pagan “religiosamente” sus impuestos a cambio de obtener servicios “tercermundistas”. Antes de comenzar, el Mundial de Brasil ya tiene las manos manchadas de sangre.

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A algunos de los participantes directos en esta mascletá futbolística (los peloteros) no les hace gracia que los pobres revienten el sainete mafioso balompédico con manifestaciones y algaradas. Qué es eso de exigir derechos humanos elementales si el fútbol de los ricos es el primer derecho para un pobre y después ya verán…que hacen con él. El español Andrés Iniesta es uno de esos imbéciles clasistas al que no le “entusiasma” demasiado que las clases “bajas” le agüen la fiesta brasileña. “Es la Copa en el país del fútbol, y nada es más bello que esto. Todos deberían festejar”, ha dicho el ignorante-patán Iniesta, apelando a esa vieja y acertada sentencia de “panem et circenses”.

Por supuesto, la pobreza es la fealdad personificada para quien gana decenas de millones de euros al año. Es lógico que hable en estos términos ese mentecato del Barcelona y otros que, intuyo, son de su calaña (periodistas que viven del negocio de gritar, aullar y rebuznar tabernariamente del fútbol). Los peloteros españoles, que ya gozan de por sí de contratos multimillonarios en España, van a percibir la módica cifra de 720.000 euros por cabeza si se hacen con el preciado trofeo, algo que ningún otro equipo del Mundial va a cobrar ni por aproximación. Pero es que España es así de generosa para con sus “héroes de trapo-enseña española” y muchos saldrán, a pesar de todo, a gritar “soy español” (desempleado, pero contento de su “patriotismo” quincallero). Es mucho más importante el circo mundialero que preocuparse porque en Brasil se haga una limpia de indeseables y odiosos pobres, que ese país siga sumido en  un abismo de desigualdades sociales. Igual que sucedió, salvando algunas distancias, en Argentina 78 con el carnicero Videla. Campeones del Mundo con un genocida en el palco de honor. La FIFA premió a la brutal dictadura argentina con un campeonato del Mundo. Mientras la selección de fútbol de Argentina “deleitaba” a los “suyos” en el campo de juego, miles de opositores o simples ciudadanos eran torturados y asesinados en la Escuela de Mecánica de la Armada. Los argentinos, fanáticos en extremo del fútbol, olvidaron que tenían enfrente una dictadura criminal y se hicieron cómplices de la represión y exterminio del régimen de Videla.

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