Andrés Sorel, la indignación compartida

Andrés Sorel

Andrés Sorel

Andrés Sorel (1937) es uno de los escritores más comprometidos de nuestro tiempo. Quizás no sea tan conocido como otros que parasitan al calor de los grandes premios, la casta política, los grupos mediáticos de presión y las grandes “tertulias” de pedantes y cretinos de este país (tipo Sánchez Dragó y asociados), quizás no tan marginado como Alfonso Sastre, pero tiene tras de sí una trayectoria literaria bastante fecunda, tanto en narrativa como en ensayo. Pero también Sorel está vinculado, además de con la literatura, con la política, en la que estuvo enfrascado unos cuantos años, como militante del Partido Comunista, hasta que lo abandonó a mediados de los años sesenta. Fundador y director del diario Liberación (periódico de vigencia efímera en los años ochenta), el único verdaderamente progresista y de izquierdas que ha existido en este país, Sorel ha dejado en su blog un monumento a la indignación contra la actual, e inquietante, situación de parálisis política, sindical y ciudadana que estamos padeciendo. Sí, a pesar de los pesares, de los movimientos de la loable PAH, de la tontería del 15-m, de las huelguitas generales “pactadas” por los sindica-listos subvencionados y otras escaramuzas con aroma a “rebelión” light, que han debido de reconfortar a la repelente clase política de este país. El artículo, en cuestión, lo titula Políticos. Sindicatos. Ciudadanos. ¿Queremos suicidarnos o sobrevivir? 

De partida, Sorel nos dice que ni pretende inducir un mensaje apocalíptico ni tampoco demagógico, sino poner a cada en uno en su sitio, a los “culpables por acción u omisión, conscientes o inconscientes, de la realidad que vivimos”. Sorel habla de que se ha producido una “perversión del lenguaje” como nunca se había conocido antes.  En la acepción “marxiana” del término: estamos dominados por un lenguaje “alienante”. Pero sobre todo Sorel hace hincapié en que la izquierda (o..¿qué izquierda?) ha arriado (o se la han hecho arriar), de algún modo (no tan inesperadamente, diría yo), la bandera revolucionaria porque alguien pregonó el fin de las ideologías: 

No podemos aceptar, no debemos, la pasividad, la sumisión, el discurso conservador de que la izquierda ha muerto y la burocracia vuelve banales todas las luchas, acciones, utopías. El político devora el tiempo porque no cree en él. El revolucionario lucha contra la certeza y crueldad del tiempo. El político se deja llevar por el tiempo. El revolucionario, como el poeta, se rebela contra el tiempo. 

Pero ¿qué hay de la actualidad política reinante en este decrépito país? Sorel afila las dagas y apunta a discreción: 

Si millones de ciudadanos escuchan un día sí u otro también, hablar a Cospedal, Montoro, Soraya de Santamaría, Rajoy, Arthur Mas, incluso Méndez o Toxo, sin rebelarse o suicidarse, es que se encuentra enfermo, desahuciado, viven en una sociedad destruida. En el gran teatro de la farsa democrática organizada y dirigida por las finanzas para agilizar la explotación capitalista, ellos son payasos mejor o peor pagados. Pero, ¿qué son entonces quienes no se alzan contra ellos, obreros o estudiantes, escritores o periodistas, catedráticos o funcionarios, técnicos o esclavos o esclavas sexuales? Ideólogos de la peor calaña son quienes pontifican sobre el fin de las ideologías. Y los banqueros reinan en los palacios episcopales, en los antros editoriales, en los despachos de educación o sanidad.

Asistimos, casi impertérritos a fenómenos como la configuración de Madrid como futuro lupanar y casino mafioso plagado de sicarios y canallas de la peor especie, bendecidos y apoyados por los fieles esbirros que les otorgan plenos poderes a cambio de mordidas y beneficios económicos y políticos. 

Es decir, toda la escoria política, financiera y policial del franquismo ha ido a parar a la casta mafiosa que supuestamente nos representa, incluida la monárquica,. Mientras tanto: 

se deterioran todos los sistemas sociales, culturales, y para distraer la atención de los ciudadanos cada vez más esclavizados se publicitan y multiplican manifestaciones para pedir olimpiadas, aplaudir triunfos deportivos y organizar ludopatías que llaman musicales. 

El viejo adagio de “panem et circenses”. Y al que levante la voz ya sabe lo que le espera: el garrote encima de la cabeza, perder hasta un ojo, en definitiva, ser pisoteados tus derechos por las bandas policiales y a veces criminales del gobierno: 

Cada vez más, eso si, se aumenta el número de componentes de las fuerzas represivas para que los rebeldes que con lágrimas o gritos intentan combatir la pasividad de los aposentados en la organización burocrática de la denominada oposición, sean represaliados, conducidos al silencio, ahogados con poderosos medios disuasivos en poder de la minoría dominante, explotadora, terrorista, que gobierna. 

¿Terrorismo? Lo dicen, o suelen decir, quienes desde el poder ejercitan terrorismos a diario contra el pueblo (y contra otros pueblos). De ahí que haya que retomar esa perversión del lenguaje de la que habla Sorel al principio de su invectiva. 

Vivimos en el más cruel, peligroso, siniestro terrorismo instaurado en sociedad alguna de la era democrática. El que lejos de ser denunciado y combatido, es jaleado en programas televisivos o radiofónicos, jaleado en páginas diarias o colorines de los periódicos, púlpitos de iglesias o de cualquier otro medio comunicativo en manos de las multinacionales que imponen su ley, la ley de la selva en la información y opinión 

El papel de los voceros que trabajan para el orden establecido, el conglomerado de Falsimedia, es el de desinformadores, tergiversadores y ocultadores de las realidades (sangrantes) existentes. El retrato que hace Sorel de ellos no deja lugar a la duda: 

Miserables tertulianos o comentaristas de grandes medios, eufóricos en su orondez estúltica, gritan con frecuencia: ¿dónde se esconden, qué se hizo de los intelectuales comprometidos? Hijos de puta (y que me perdonen sus madres por esta malhadada expresión): vosotros, siervos del poder represor, bien os encargáis de silenciarlos, procurar que no existan, callar sus palabras. A veces uno se lamenta de que no existan cárceles, inquisiciones, destierros que se apliquen a vuestras víctimas, para que al menos, como hienas, no podáis reír en el silencio y el vacío del desierto ideológico en que habitáis. 

Suicidarnos o sobrevivir….Que se suiciden los otros, sería lo preferible. Hay que seguir caminando (que diría Machado) y, sobre todo, seguir luchando.

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