11-s (V). Los pringados del gobierno nuevamente a escena: el WTC 7

Uno de los puntos calientes de la sórdida chapuza oficial en torno al 11-s lo constituye la explicación dada, desde el oficialismo norteamericano, al derrumbe del edificio “gubernamental” conocido como WTC7. Señalo la circunstancia de “gubernamental” (aunque sea entrecomillado) porque aunque era un edificio donde existían otras corporaciones (fundamentalmente de carácter financiero), ninguna organización del Estado, y más si es de carácter supersecreto como la CIA o el Servicio Secreto de EEUU, se dedica a “compartir” oficina, café de media mañana y prensa del régimen con entidades que no estén en el mismo rasero de sus intereses o les sirvan de tapadera. La Torre 7 nunca fue impactada por avión alguno, tan sólo tuvo un par de incendios de moderada intensidad en algunos pisos pero se cayó  cual castillo de naipes aproximándose a la caída libre gravitatoria. Es decir, se derrumbó del mismo modo que las dos torres (1 y 2) del complejo WTC. La causa de tal derrumbe, según la entelequia del Instituto Nacional de Estándares y Tecnología (NIST), fueron unos incendios que estaban “fuera de control” y se propagaron por todo el edificio. De nuevo la causalidad del “fuego” como interpretación dogmática y falsaria de unos hechos que no resistían un mínimo análisis lógico, al igual que había sucedido con los atentados de las WTC1 y 2. Dejaban, otra vez, en muy mal lugar el principio físico de conservación del momento y se daba vía libre a una “presunción de fe” teológica, como causa del colapso. Ello sin tener en cuenta que fue el WTC7 un edificio de una construcción sólida, aunque nos lo hayan vendido como una estructura hecha de papel de fumar.

Cuando se observa la caída del WTC7 y las otras dos torres vemos que se aproximan a una virtual caída libre. Entonces las conclusiones del NIST sólo pueden tener dos explicaciones, a elegir: fraude deliberado o que admita, para que exista esa caída libre, el uso de explosivos en el derrumbe del WTC7. Pero erre que erre la varita mágica de los tontos útiles del gobierno estadounidense para explicar el “sapiazo” de las Torres fueron los incendios. ¡Se acabó…asunto concluido! El fuego purificador como corolario a una estupidez anticientífica. Un evento ordinario, el fuego, se convirtió en algo extraordinario para justificar centenares de falacias en miles de páginas. Pero es que ni siquiera los suyos se podían creer los exuberantes mitos que hicieron circular con tanta desfachatez. James Quintiere, ex Jefe de la División de Ciencias del Fuego del NIST, incluso pidió una “revisión independiente”. Sin mojarse como es debido, Quintiere dejó caer las clamorosas irregularidades en la investigación que hizo su ex organización gubernamental. Algo que no es de extrañar ya que el NIST no ha podido explicar unos hechos (los suyos) que violan flagrantemente las leyes básicas de la física.


Los daños estructurales trucados del NIST a la izquierda


El pavoroso fuego del WTC7

Física para dummies del NIST (y otros): la paradoja de Maxwell

James Clerk Maxwell fue un físico inglés famoso por desarrollar una serie de ecuaciones que resolvían de forma satisfactoria los campos electromagnéticos. Maxwell le echó una imaginación desbordante en otro campo de la física fundamental: lal termodinámica, algo que era considerado de mucha importancia en un momento (siglo XIX) donde había que entender el funcionamiento de los recién creados motores de explosión y otras fuentes de energía. La Segunda Ley de la termodinámica,  (introducida por Rudolf Clausius y Lord Kelvin) no permite que entre dos cuerpos a diferente temperatura, y en un sistema aislado, se pueda transmitir el calor del cuerpo frío al cuerpo caliente. Pero el escocés imaginó que si un “diablillo” pudiese controlar dos recipientes abriendo una pequeña compuerta entre ambos, ese demonio podría intervenir en su movimiento alterando el equilibrio térmico intermolecular, permitiendo que sólo las moléculas rápidas pudieran pasar a través de un recipiente y las moléculas lentas a través del otro recipiente.

De este modo el diablillo haría  que los 2 contenedores  salieran del equilibrio térmico, en aparente contradicción con la 2 ª Ley, haciendo que ese sistema aislado estuviese dividido en dos partes: una de temperatura exponencialmente más fría, y otra temperatura cada vez más caliente.


Los “diablillos” del WTC 7: Larry Silverstein (izda) y Rudolph Giuliani ( alcalde de Nueva York en 2001)

Pues bien, Crockett Grabbe, que es físico por el Caltech (el Instituto de Tecnología de California) y profesor en la Universidad de Iowa, hizo una curiosa analogía entre lo ocurrido en el edificio del WTC7, versión NIST, y lo que podría haber hecho nuestro diablillo de Maxwell en el fantasioso escenario de la Torre 7, más que nada para dejar al aire las vergüenzas del tremendo dislate oficial. Según Grabbe y admitiendo la tesis nodal del NIST sobre las llamaradas del fuego destructor en el WTC7 “ese demonio tendría que controlar, a velocidades extremadamente rápidas, el flujo térmico en millones de puertas situadas en la parte superior del edificio para que éste pudiera mantener la sorprendente simetría que tuvo en el colapso”. Pero esa no sería la única hazaña del jodido diablillo de Maxwell en el WTC7. Grabber apunta que, habiendo derrumbándose en caída libre y siendo la gravedad la única fuente de energía del edificio, no podría colapsar a medida que va cayendo, como afirmó el NIST. El principio de conservación de energía lo evitaría. Por tanto “la destrucción de todo el material cohesionado de la WTC7 requería de una fuente de energía independiente de la gravedad”. Remachando con soberana clarividencia Grabber para lograr la caída libre del edificio, con una simetría perfecta, el demonio de Maxwell no sólo tendría que moverse a velocidades extremadamente altas entre los millones de puertas para mantener esta simetría perfecta, sino que también tendría que violar leyes bien establecidas de conservación de la física. El demonio de Maxwell podria ser capaz de lograr lo improbablemente fantástico, pero no podría realizar lo imposible.”

¿Eliminando testigos clave?

La Torre 7 se vino abajo con los mismos presupuestos teóricos y prácticos que sus hermanas 1 y 2: demolición controlada. Ya lo avisó el judío Larry Silverstein, el gran beneficiario de los atentados de Nueva York: “lo más inteligente es tirar el WTC7”. Los deseos del sionismo son órdenes para el Tío Sam. Otros no tuvieron tanta fortuna en contarlo, como el empleado de la WTC7, Barry Jennings, que fue probablemente asesinado por haberse ido de la lengua con demasiada ligereza (después de aparecer en el documental Loose Change de Dylan Avery, y poco antes de que los monigotes del NIST sacasen un informe sobre el WTC7). La muerte de Barry Jennings, fallecido sin enfermedad aparente, fue uno de tantos episodios oscuros que ocurrieron años después (en 2008) de producirse el autoatentado terrorista. Se produjo en unas circunstancias tan oscuras que ni siquiera su mujer e hijos pudieron acceder al resultado médico de su muerte. La obstrucción y denegación de acceso a los informes forenses sobre la causa del óbito de Jennings han sido vetados de forma sistemática. Así que las pruebas de que haya sido asesinado no se pueden certificar con certeza, aunque si se sabe que Jennings había sido amenazado. Este testigo clave fue Director adjunto del Departamento de Vivienda en NY en el WTC7, quedando atrapado durante varias horas dentro de este edificio. Cuando fue rescatado por los bomberos dijo haber escuchado numerosas explosiones dando un testimonio muy válido en directo delante de las cámaras de la CNN.

Era alguien que no ofrecía ninguna duda: quien ha salido de una situación casi límite hace 10 ó 15 minutos “no puede inventarse la información”. El relato de Jennings sobre lo ocurrido en el WTC7 es esclarecedor a la par que siniestro: tras el impacto del segundo avión en la WTC2 Jennings decide subir (con Michael Hess, otro empleado del edificio, con el que se cruza en el camino) al piso 23 de la WTC7 donde estaba situado el Centro de Coordinación de Emergencias, pero allí no encuentra a nadie. Se habían ido todos echando hostias (con perdón; tanto que los cafés de las mesas estaban todavía humeando) por lo que deciden bajar a la calle. La sorpresa viene cuando descendiendo (piso sexto) escuchan una fuerte explosión en los pisos más abajo. Al ir bajando escuchan más explosiones. Según el camelo oficial lo que “oyeron” Jennings y Hess fueron las detonaciones procedentes de unos tanques de gasoil que abastecían energéticamente al edificio y que estaban siendo objeto de un fuego “devastador”, algo que Jennings desmintió categóricamente ya que conocía perfectamente el WTC7 y esas explosiones no provenían de donde había señalado, falsamente, el NIST.

En definitiva, Jennings empezaba a ser un elemento excesivamente discordante y una amenaza para los patrocinadores del 11-s como se demostró posteriormente al hacer unas declaraciones, en el año 2007, sobre lo ocurrido en el WTC7 participando en el documental Loose Change. Tal vez decidieron, un año después, que alguien tenía que darle “matarile”. Mientras no haya causa “oficial” de su muerte, se podrá seguir especulando en la única dirección posible. Incluso, el director de Loose, Dylan Avery, contrató a un detective privado de Nueva York (según dicen, el más conocido y prestigioso) para investigar la extraña muerte de Jennings, pero finalmente el investigador abandonó el caso de forma repentina (tal vez presionado) decidiendo que fuese la policía la que continuase con ese turbio asunto. A nadie le preocupó ni le interesó la suerte de un tipo valiente como Jennings, ni tampoco si sus declaraciones podían ser relevantes, tanto para indagar sobre las irregularidades acontecidas en la Torre 7 como para el conjunto final de los atentados del 11-s.

Los estafadores del NIST retratados por la ciencia


“A veces lo hacemos nosotros mismos” (leyenda sacada de un PowerPoint del NIST)

Poco se podía esperar, pues, de organismos como el NIST, verdadero catalizador de todas las mentiras fabricadas en torno a los sucesos de Nueva York y, por extensión de todo el conglomerado terrorista oficial del 11-s. Los científicos por la verdad del 11-s ya sabían que tipo de bribones parasitaban en el NIST cuando dudaban, con toda lógica, de la credibilidad científica de esta agencia política de desinformación, a la que acusaron en 2008 (junto a 15.000 científicos, que se dice pronto, entre ellos 52 premios Nobel) de fraude masivo y de distorsionar el conocimiento científico con fines partidistas en favor del analfabeto terrorista Bush. Y todavía hay mamporreros subiditos de ego cientificista que intentan descalificar a los que no somos tan crédulos como ellos con argumentos de falsa autoridad, metiendo de contrabando triquiñuelas con marchamo de “ciencia”,  tan indecorosas como indecentes. 

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