El imperio confesional español

Ha vuelto el jefe del Estado vaticano a este país. Y este Estado español, o lo que quede de su achacosa democracia andante, anda particularmente agitado. Ante la visita del monarca de todos los curas pederastas, Benedicto XVI, se ha desatado una ola de intolerancia religiosa como nunca se había visto en este país desde que el agonizante nacionalcatolicismo franquista diera sus estertores hace más de treinta años. A golpe de porra política, policial o mediática, el laicismo ha sido amordazado y apaleado en las calles de Madrid. Frente a la visita del líder de una secta católica  que ha sido sufragada con fondos públicos de forma ilegal y vergonzante, han intentado colocar un candado contra las voces discordantes que han clamado contra el bochorno papal, utilizando métodos represivos que han recordado lo mejor del franquismo, con…terrorista de ¿risa? incluido. La extralimitación policial contra la marcha convocada por los laicos y la realizada el día siguiente para protestar contra esa actuación policial, ha tenido ribetes de escándalo e impunidad. Ese exhibicionismo de brutalidad e inquina uniformada lamentablemente ha sido la tónica dominante y creciente en los últimos años en este país, avalada tanto por el poder “socialista” como por una extrema derecha crecida y con fuerte implantación, sobre todo mediática.

La gravedad del tema es evidente, tanto como la habitual injerencia en los asuntos internos de este país por un Jefe de Estado religioso que se permite hablar contra la legislación española, con la anuencia cómplice de unos políticos genuflexos ante la tiranía católica. Una vez más, pues, estamos asistiendo al fastuoso espectáculo de un revival fundamentalista donde los medios, los del periodismo facha-franquista y canalla, juegan la baza de la propaganda más reaccionaria y despliegan columnas con los cantos papales más retrógrados o la doctrina moral de la Iglesia más aberrante y pusilánime, evangelizándonos a la carta. Todo menos hablar de los crímenes de la Iglesia católica, escondidos oportunamente debajo de las alfombras vaticanas.

Mientras, teledirigen a la opinión pública como ovejas amaestrados hacia el embuste colectivo, tildando arbitraria y calculadamente de “violentos” e “intolerantes” a los laicos, los cuales buscan únicamente un espacio público donde se haga oír su voz. A cambio, éstos últimos son objeto de una violencia ciega e irrefrenable por parte de un Estado que debería velar por sus derechos. No ha sido así, ya que las coordenadas del agonizante y cobarde gobierno, autoritario y capitalista zapateril han ido en la dirección contraria: echar a sus perros de presa contra los laicos, blindar los Acuerdos con la Santa Sede y cerrar filas en torno a ese esperpento tardofranquista que responde a la llamada “libertad religiosa”. Justificación leguleya pueril para consolidar los exorbitantes privilegios de que dispone actualmente la iglesia católica española.

Toneladas de basura informativa, salvo el oxígeno de Internet, y un Estado policíaco ha sido la habitual cantinela desde que aterrizó su execrable Santidad en territorio español. El laicismo y ese garabato jurídico llamado aconfesionalidad anda estos días embadurnado de mierda, aunque en realidad, así transita desde hace bastante tiempo. No tengo nada, en cuanto a creencias se refiere, contra esa masa de papaflautas adolescentes y jóvenes peregrinos católicos fuertemente adoctrinados, de clases medias altas-acomodadas, acríticos y hábilmente provocadores, que han ido a cantar unas letanías al Papa con bonometro, incluido, gratis. Cada uno es libre de estar secuestrado por mitos religiosos fantasmales e inverosímiles, por idearios que atentan contra la dignidad humana (fanáticos consumidores de leyendas ancestrales, que diría Puente Ojea). Simplemente, quiero exponer mi indignación, no sé si en paralelismo con la expresada por un movimiento del 15-M cada vez más deslavazado y errático, ante unos hechos consumados de rampante fascismo confesional en nuestras calles. Que no es poco ante el desmantelamiento casi total de los, llamémosles, valores aconfesionales en favor de la hegemonización encubierta del catolicismo. Y el 20-N, en las generalísimas elecciones españolas, que a nadie le quepa la menor duda de que pintarán bastos.

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