El Autoestopista, sucedáneo gris de cine negro

La gran actriz Ida Lupino (formidable intérprete de personajes perdedores en obras maestras como Pasión Ciega y El Último Refugio, ambas de Raoul Walsh) se puso por primera vez detrás de la cámara para contarnos una historia que, en principio,  tenía buen pelaje cinematográfico. Pero la aparentemente audaz propuesta de la aristocrática y ocasional directora inglesa no pudo ser más decepcionante. En El Autoestopista (1953), no hay nada de buen cine y sí un producto artesano bastante torpe y lineal, a mi pesar. Ganas y buena disposición no le faltaron a la buena de Ida, no lo niego, pero el resultado dejó bastante que desear. Por mucho que se empeñen algunos, esto no es cine negro sino una muy pálida aproximación de lo que podría haber sido y no fue. Para abrir boca tenemos una sinopsis que promete: una truculenta historia basada en hechos reales que, como mínimo, parece inquietante, aunque la realidad es que poco o nada se ajustó a lo que luego la directora plasmó en pantalla. A saber, un psicópata cuyo curriculum es ir acumulando fiambres en serie, los cuales hay que decir que no aparecen por ningún lado en la película (elipsis narrativa, supongo), ya que la misma comienza con el secuestro, por parte de nuestro perverso personaje,  de dos “bon vivant” que, al parecer, se la habían dado con jamón serrano a sus respectivas parientas. Todo, en apariencia, correcto, pero tampoco colma mis expectativas como ahora se verá…

El guión lo cogieron con alfileres a medias la Lupino y su marido, y así les fue: patinazo en toda regla reflejado en una trivialidad cinematográfica de lo más olvidable. A este autoestopista de Ida Lupino le falta tensión, garra, pegada  y empuje para  contarnos una historia más robusta, profunda…más vivaz, en definitiva, más estimulante. Se nota que hay pocos medios, pero también no demasiada imaginación. Con igual o menor presupuesto otros hicieron cosas más aceptables. Cine negro, sí, pero porque la trama se desarrolla buena parte durante la noche o, al menos esa es la sensación que he tenido. Supongo que la copia ha tenido mucho que ver (nótese la ironía) ya que no era para tirar cohetes, lo que hacía aún más pesante la película.

De los actores destaca, y no excesivamente, Edmond O’Brien, un clásico de contrastada solvencia, quien hace lo que puede para salvar del naufragio esta insulsa historia. No salgo de mi asombro cuando he leído por ahí alguna crítica encumbrando esta baratija de serie B en términos tan laudatorios tales como “obra mayúscula de una solidez narrativa excitante” o que la Lupino saca buen “rédito psicológico a sus personajes”.  Evidentemente, hemos visto películas distintas ya que si de narración hay que hablar esta es escasamente defendible, dada su debilidad estructural..mientras que la psicología de los personajes es tan pretenciosa como fallida. Por mucho que el el crítico de turno se esconda en tediosos  y rebuscados aparatajes semánticos. Lo siento, pero aburrida y mala.

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