El Prisionero de Zenda, artesanía fílmica de primera clase

Ronald Colman, en El Prisionero de Zenda (1937)

             Ronald Colman, en El Prisionero de Zenda (1937)

En los años treinta los grandes estudios de Hollywood empezaron a redactar algunas de las mejores películas de aventuras de todos los tiempos, tirando de presupuesto y de unos actores contrastados o que empezaban a sacarle brillo al arte de la interpretación cinematográfica. El Prisionero de Zenda fue una de las más emblemáticas de aquellos años, luego versioneada por otra donde aparecía uno de esos actores que se daban en llamar “galán” (Stewart Granger), de los muchos que circularon por la época dorada del cine clásico. Granger fue un especialista en hacer películas de acción (Las minas del rey Salomón, Scaramouche, Salomé, etc) aunque fue un actor que nunca me sedujo (interpretativamente, se entiende),  poco variado y más bien anodino.  Este Prisionero de Zenda, del año 1937, es la mejor versión de todas, incluida la protagonizada por Granger de 1952 (un producto hecho con oficio, en technicolor, muy digno, pero sin llegar a la altura de la aquí comentada). La otra versión, de Richard Quine (del año 1979), es perfectamente olvidable.

Ronald Colman y Madeleine Carroll

                                Ronald Colman y Madeleine Carroll

En este film encontramos todos los ingredientes necesarios para que mantengan vivo el interés del espectador hasta los mismos títulos de crédito finales. Es decir, enjundia narrativa, sin caídas de tensión dignas de ser reseñadas, plasmada en buenas dosis de intriga y acción tal como demanda este tipo de cine y, para no variar, con una admirable resolución en su final. No es tan briosa, espectacular y con los diálogos tan chispeantes como otras del género y época (por ejemplo, el Robin Hood de Errol Flynn) pero cumple los pronósticos con creces.

C. Aubrey Smith (izquierda), Ronald Colman (centro) y David Niven (derecha)

        C. Aubrey Smith (izquierda), Ronald Colman (centro) y David Niven (derecha)

El reparto es de primer orden: el siempre eficacísimo Ronald Colman le da a su doble personaje credibilidad y profundidad en todos sus matices, sin apenas despeinarse; David Niven, el refinado y señorial actor inglés deja su impronta magisterial como siempre; Raymond Massey, sencillamente está estupendo; a Madeleine Carroll le encontré algo sosita pero, en líneas generales, no desentona (hubiera preferido para su personaje a la divina Maureen O’Hara); C. Aubrey Smith le da un poso de solemnidad victoriana al coronel Zapt que te lo crees a ciegas, mientras que Douglas Fairbanks Jr. se recrea en el malvado Ruperto con acertada ironía. El director John Cromwell, otro maestro de variados repertorios cinematográficos de envergadura (en particular, cine negro – Callejón sin salida, El Soborno), realiza un muy buen pulido y  manufacturado en la factoría Selznick, como no podía ser de otro modo.

  1. plared

    Como bien dices, una pelicula impecable que a mi entender junto a las cuatro plumas. Marco el cine de aventuras sentando unas bases cien veces usadas.

    Me viene a la memoria una pelicula que seguramente conazcas…bello gesto, para mi la mejor de aventuras coloniales, africanas o como quieran llamarse

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