Sinfonía nº 9, en re menor: la sublimación del arte bruckneriano

                                                                                      Anton Bruckner

Del pesimismo existencialista pop-rock ochentero de la última entrada pasamos a otras cosmogonías musicales, tan sombrías como aquél pero, eso sí, en un plano radicalmente diferente. Y de nuevo un invitado ilustre: Anton Bruckner (1824-1896). Esta vez para hablar de su último dogma de fe musical: la Novena Sinfonía en re menor. Bruckner llegó hasta esta su última sinfonía después de un intenso, largo y no sé si tortuoso camino de remodelaciones y adiciones para depurar sus partituras, en parte por las dudas del autor y, sobre todo, por las recomendaciones de sus amigos, según cuentan las crónicas historiográficas. Una de las más “maltratadas”, por ejemplo, fue su Tercera Sinfonía (que llegó a ser objeto hasta de cuatro revisiones), dedicada a Richard Wagner, por el que sentía una devoción más allá de lo religioso.

Desde que Anton Bruckner acabó el monumental edificio arquitectónico sonoro de la Octava hasta su muerte transcurrieron nueve años (1887-1896), en los cuales el compositor austríaco se dedicó, como hemos dicho, a rehacer sus sinfonías. Un tiempo de oro que le impidió, en la recta final de su vida y enfermo, terminar la que hubiera sido probablemente su mejor obra y la más grande de todos los tiempos, su Novena Sinfonía, dejando inacabado el Finale. Bien es cierto que algunos musicólogos, en función de lo redactado por Bruckner (un manuscrito de poco más de 400 compases) se aventuraron a ultimar esta Novena, con el material temático del Te Deum y cosecha propia. Pero la realidad es que la Novena bruckneriana son tres movimientos que concluyen con el Adagio y, en mi opinión esa es la obra definitiva (también opinan lo mismo la práctica totalidad de directores, crítica y público). Esta última sinfonía fue dedicada por Bruckner al “Buen Dios”. Y es que el maestro de Ansfelden era un fervoroso creyente y piadoso de “Dios”, en cuyos trabajos corales y en las más conocidas de sus hercúleas sinfonías se puede advertir un hálito mistérico casi beatífico.

                                         Bernhard Güller

He escogido una versión que no es ni será reconocida, presumo, por la gran crítica y menos por el público. Entre otras cosas, porque se trata de un registro ignoto (publicado en un sello de perra gorda) que, intuyo, a día de hoy es inencontrable. La interpretación corre a cargo de una orquesta alemana de segundo nivel pero que ejecuta esta Novena como las mejores: se llama Junge Süddeutsche Philharmonie Esslingen (es decir, Joven Orquesta Filarmonía del Sur de Alemania, formación que era, o sigue siendo, semiprofesional), dirigida en este caso por un ilustre desconocido: el director alemán Bernhard Gueller, pero que aquí dio todo un recital bruckneriano (imperfecciones y fallos puntuales, aparte). La grabación, efectuada en vivo (no faltan las toses de rigor) el 24 de septiembre de 1989, en la Basílica de Weingarten (Alemania), no es el colmo del refinamiento sonoro pero se deja escuchar sin problemas y con un punto de reverberación (la acústica de los templos religiosos se presta a ello) que hace que la sinfonía sea más atrayente, si cabe. Decantarse por una versión desconocida y no hacerlo por las grandes referencias de siempre, al gual que sucede con la Octava, puede resultarles a algunos un ejercicio de esnobismo. Pero no es el caso, ya que estamos ante una versión, a mi modo de ver, extraordinaria.

Bernhard Gueller construye una extensa sinfonía (casi 70 minutos), lúcida y coherente, equilibrada en todas sus líneas, de gran aliento dramático, contemplativa y, en definitiva, ejemplar. El Primer movimiento Feierlich, solemne comienza con un trémolo de cuerdas apenas perceptible (la grabación, discreta, no ayuda), pero poco a poco va adquiriendo cuerpo este impresionante primer movimento con un juego de dinámicas bien contrastadas, llevadas al límite por unos metales de la Junge Philharmonie que no son los de la  la Filarmónica de Berlín, pero que cumplen como unos benditos. El discurso fluye naturalmente hasta la conclusión de la apabullante coda, con la intensidad que exige esta grandiosa pieza sinfónica, una de los más sobrecogedoras de toda la historia de la música.

                                    Basílica de Weingarten

En el Scherzo (anotado como Bewegt, lebhaft, esto es, movido, vivo), Gueller opta por no darle la impetuosidad de otros directores, más partidarios de versiones más agitadas y aristadas, aunque no llega a los extremos de un Celibidache (que literalmente se duerme y desvirtúa un tanto el discurso musical de esta parte de la sinfonía). Bruckner dotó a este movimiento de una subyacente naturaleza fantasmal…diabólica, tanto que sólo hay lugar para el respiro en el lírico y emotivo Trío, integrado en la sección intermedia del mismo. El Adagio (Langsam, feierlich; despacio, solemne), fue compuesto por Bruckner con la leyenda Abschied vom leben (“Adiós a la vida”). Es el testamento final, casi a modo de Requiém, del autor. Un compendio de todo el “pathos” sinfónico bruckneriano. Majestuoso y trascendental, con una bien calibrada agógica, Güller logra un climax extraordinario a lo largo del mismo, hasta llegar al epílogo conclusivo con las tubas wagnerianas (artefactos especialmente realizados por encargo de Richard Wagner para sus óperas) omnipresentes en el tutti orquestal poco antes de que la llamada de la trompa, en los últimos compases, busque desesperadamente el encuentro con ese Buen Dios y…la redención divina..


Aquí tenemos un extracto de los tres movimientos  de esta Sinfonía nº 9 de Anton Bruckner, en la versión comentada:

1. Feierlich, solemne (3’43” de un total de 28’01”)

 

2 Scherzo, bewegt, lebhaft (2’06 de un total de 11’48”)

 

3. Adagio, langsam, feierlich (3’59” de un total de 27’58”)


  1. uraniaenberlin

    Hola Leo y gracias de nuevo. Sí, es posible que la sección de viento (metales, te refieres) ande algo apurada en las últimas notas (quizás se perciba más en el primer movimiento) pero ello no perjudica el conjunto (entiendo yo). La grabación, como he dicho, no es muy allá…Y también hay que tener en cuenta que es una grabación en directo por una orquesta semiprofesional. La acústica de la Basílica quizás no sea la mejor. En cualquier caso, y con los peros añadidos, sigue entusiasmándome esta versión, sabiendo que existen por ahí auténticas referencias.

    De la fusión rock-clásica…sigo pensando lo mismo: le viene grande a una música (el rock) que se basa en un juego sencillo de armonías, acordes y melodías. Es decir, es sota, caballo y rey que diríamos por aquí, por muchas y buenas composiciones que hayamos escuchado en los últimos cuarenta años..

    Saludos
    urania (prometeo)

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  2. Leo

    Prometeo hoy Urania, tus entradas de música son extraordinarias, escuché una y otra vez los fragmentos que publicaste y noto una soberbia oscuridad cansina, tristeza y paciencia compositiva, ésto último por sus cortos lapsos silenciosos, también alcancé a apreciar una distorsión en los caños (instrumentos de vientos) cuando suben el tono en demasía, no sé si es por la grabación o el entorno quizás no era el adecuado para la acústica.
    Ahora bien me voy a llegar a tu entrada anterior y es aquí donde insultaras al aire, pero lo bueno es discernir, los fragmentos de dicha sinfonía podrían encajar en cualquier disco de Rhapsody of Fire, un grupo de metal épico italiano, dirás que estoy mal, pero para mi la buena música es una sola y de allí los ramales que parten luego, no estoy tratando de que cambies en tu opinión sobre el rock y lo clásico, pero pienso que todas las partituras clasistas van perfectamente con el rock bien ejecutado por magníficos músicos.
    Saludos Prometeo-Urania

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